Polìtica

Por la crisis, colapsan los comedores comunitarios y los vecinos autogestionan ollas en los barrios



En Constitución, el Movimiento de Trabajadores Excluidos entrega un promedio de 3000 raciones diarias de comida, número que se cuadruplicó desde el inicio de la cuarentena Fuente: LA NACION – Crédito: Ignacio Sanchez

«¿Ya está todo, no? Arranquemos», dice Sonia Farías a sus compañeros, y agrega: «Hoy vamos a hacer fideos con tuco». Farías es peluquera, tiene 41 años y desde abril organiza una olla popular en Loma Hermosa, al noroeste del Gran Buenos Aires. Todas las noches da de comer a unos 250 vecinos de la zona.

Antes del inicio de la pandemia, eran ocho millones las personas que requerían asistencia alimentaria a nivel nacional. Durante la cuarentena, el número ascendió a once millones, según declaraciones del ministro de Desarrollo Social, Daniel Arroyo, del mes pasado. Es decir, un 25% de los argentinos depende del Estado para poder comer.

Los comedores comunitarios no dan abasto. Los referentes de distintas organizaciones sociales afirman que se cuadruplicó la demanda de comida en sus centros de atención y que existen problemas con la provisión de alimentos por parte el gobierno nacional.

Como consecuencia, los dirigentes perciben un crecimiento de las ollas populares autogestionadas, que surgen, entre vecinos, para completar la asistencia insuficiente de los comedores.

«Lo tuve que hacer por la cuarentena. Al no poder trabajar, me empezó a faltar la comida. Con esta ayuda, también podemos comer mis hijos -de 5 y 16 años- y yo», cuenta Farías, la peluquera de Loma Hermosa.

En la avenida Libertador y Las Violetas no pierden el tiempo. Pasadas las 17, Farías, su hijo mayor y otras cuatro personas, se refugian de la lluvia bajo el techo de un restaurante. Cortan morrón, cebolla, zapallo y tomate -verduras que consiguen tras golpear varias puertas del barrio-. Si falta algo, lo ponen de su bolsillo.


Lorena (de barbijo fucsia) organizó una olla comunitaria en el barrio Libertador con sus cuñadas y una sobrina. Dan de comer a 15 familias vecinas y se financian con su propio dinero y algunas donaciones
Lorena (de barbijo fucsia) organizó una olla comunitaria en el barrio Libertador con sus cuñadas y una sobrina. Dan de comer a 15 familias vecinas y se financian con su propio dinero y algunas donaciones Fuente: LA NACION – Crédito: Ignacio Sanchez

«Al principio coordinaba con otras ollas y comedores, y hacía esto dos días a la semana. Pero muchos se fueron dando de baja, por miedo al contagio, entonces quedé sola, cocinando todos los días», explica Farías.

Oriunda de Santiago del Estero, cuenta que su idea es buscar un lugar fijo para poder seguir con la olla cuando termine la pandemia. «Cuando esto se levante, la gente va a seguir necesitando ayuda», dice.

Unas cuadras más al norte, en Las Calas y Las Petunias -al borde del camino del Buen Ayre-, Lorena entrega tortas fritas y mate cocido a sus vecinos del barrio Libertador, con ayuda de sus dos cuñadas y una sobrina.

Desde el viernes pasado, las mujeres -cuyo único ingreso familiar, en este momento, es la Asignación Universal por Hijo- preparan meriendas y cenas para 15 familias del barrio.

«Yo me crié en la calle, sé lo que es pasar frío y hambre. Por eso lo hago. Pedimos ayuda a los vecinos, sumamos el alimento que nos llega del colegio de nuestros hijos y, si hace falta, ponemos de nuestra plata», dice Lorena, mientras entrega una bolsa con tortas fritas a un señor mayor, el mismo que le prestó una de las ollas con las que cocina.Frente al toldo bajo el cual se reparan las cuñadas, y en donde montan su cocina, existe un merendero, formal, pero que se encuentra fuera de funcionamiento.

Comedores comunitarios

«Algunos comedores no reciben insumos. Otros, cierran porque los dueños tienen problemas de salud o porque se hacían en casas y no pueden continuar por el coronavirus», explica Silvia Saravia, coordinadora nacional de Barrios de Pie, organización que cuenta con más de 1800 comedores en todo el país.

Saravia dijo a LA NACION que la provisión de alimentos, por parte del Ministerio de Desarrollo Social, tiene un atraso de dos meses y que necesitan un aumento en las cantidades que reciben, dada la desmejora en la situación social.


Quienes al comedor del MTE suelen llevarse entre dos y seis raciones; algunas, para compartir con su familia y otras, para administrarse los días en los que no hay servicio
Quienes al comedor del MTE suelen llevarse entre dos y seis raciones; algunas, para compartir con su familia y otras, para administrarse los días en los que no hay servicio Fuente: LA NACION – Crédito: Ignacio Sanchez

«La semana pasada recién nos llegó lo correspondiente a mayo. Y son 20.000 kilos menos que lo que recibíamos en agosto de 2019. Incluso, en la boca de Tucumán, nos entregaron 5000 kilos de dulce de membrillo y peras en lata. Necesitamos mayor cantidad y calidad de alimento», afirmó Saravia.

Según la dirigente, la situación actual «no solo es complicada en los barrios castigados», sino también en barrios de trabajadores, barrios «mediobajos», donde también empezaron a armarse ollas populares. Saravia explica que antes eso no ocurría y dice que «no se le da visibilidad porque a la gente le da vergüenza».

María Iraola, presidenta de Manos de La Cava -organización social que asiste a vecinos de San Isidro-, coincidió con la referente de Barrios de Pie. «A partir de mediados de abril se cuadruplicó la demanda. Nosotros le damos de almorzar a 200 personas, y ahora estamos arriba de las 800. Y hubo mucho cambio de gente, que históricamente no venía a comedores. Hoy hacen cola albañiles, gasistas, plomeros», contó Iraola a LA NACION.

Pedir comida por primera vez

Jorge es uno de esos nuevos asistentes que empezaron a acercarse a los comedores comunitarios. Es pintor, tiene 64 años y vive en el barrio de Constitución. Mientras espera su plato de comida, en la sede de la Confederación de Trabajadores de la Economía Popular (CTEP), sobre la calle Pedro Echagüe, evita hacer contacto visual con la gente que está en la fila.

«Desde que me quedé sin trabajo, por la cuarentena, me turno por distintos comedores del barrio para poder comer», dice Jorge, con sus ojos claros clavados en el piso. Como él, unas 800 personas más acuden, a diario, al comedor coordinado por el Movimiento de Trabajadores Excluidos (MTE) y la Federación Argentina de Cartoneros.

En el comedor de Constitución, antes de la pandemia, se servían unas 800 raciones diarias. Actualmente, se sirven más de 3000. Según explicó a LA NACION el referente nacional del MTE Nicolás Caropresi, en la organización cuentan con un «mapeo de lo que hay alrededor», para los días que no abren. «Si tenemos problemas de abastecimiento, rotamos con otros sectores», agregó Caropresi.


La demanda en los comedores comunitarios se multiplicó por efecto de la pandemia
La demanda en los comedores comunitarios se multiplicó por efecto de la pandemia Fuente: LA NACION – Crédito: Ignacio Sanchez

Respecto de la asistencia estatal, sostuvo: «Siempre hubo un problema de logística y abastecimiento en los comedores, en particular, a nivel nacional. El problema se acentúa porque ahora se cuadruplica la cantidad de asistentes y seguimos teniendo problemas para garantizar, incluso, las cantidades de antes».

La respuesta estatal

Una vocera del Ministerio de Desarrollo Social aseguró a LA NACION que el gobierno transfirió, en abril, «500 millones de pesos a provincias y municipios para compras de alimentos y artículos de limpieza». Y que en julio esa cifra se cuadruplicó. «Derivamos 2000 millones de pesos», informaron en el área de alimentos del Ministerio.

En la ciudad de Buenos Aires, el alcance de la asistencia alimentaria pasó, en casi 130 días de cuarentena, de 102.000 personas a más de 353.000, según explicaron a LA NACION voceros del Ministerio de Desarrollo Humano y Hábitat.

Incluso así, la ayuda estatal parece ser insuficiente. En Constitución hay dos filas: una para llenar los tuppers y otra para recibir la comida en bandejas descartables. Guadalupe, una nena de 10 años, se separa de su madre, Sandra Silva, y corre a la fila de las bandejas. Toma una ración de pollo con arroz y vuelve junto a Silva. Mientras esperan para llenar sus tuppers, madre e hija engañan al estómago. Tienen techo, pero su heladera está vacía.

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