Polìtica

A 50 años del asesinato de Aramburu: las sospechas sobre la «pureza» de la primera acción de los Montoneros



La columna de Montoneros, el 1 de mayo de 1974, el día que Perón los echó de la Plaza de Mayo Fuente: LA NACION

Por razones que desmenuza con inigualable hondura

Pablo Giussani

en «Montoneros, la soberbia armada», nunca fueron suficientes los códigos cartesianos de la política para entender el fenómeno de la guerrilla peronista de ultraizquierda nacida en la ultraderecha.

Medio siglo después del secuestro y asesinato del general

Pedro Eugenio Aramburu,

cuyos detalles los autores materiales narraron en 1974 con espeluznante jactancia,

perduran sospechas sobre la «pureza» de la espectacular presentación en sociedad de Montoneros.

¿Por qué bajo una dictadura debilitada, que venía de sufrir el Cordobazo justo un año antes, eligieron como víctima al hombre fuerte de la dictadura anterior, a esa altura un político moderado que mantenía contactos indirectos con Perón en pos de una salida electoral? Giussani explica el enrevesado sistema de razonamiento montonero: había que desenmascarar al régimen.

Decían que Aramburu estaba por dar un golpe (casualmente un argumento parecido al que usaría Gorriarán Merlo en el delirante ataque al cuartel de La Tablada de 1989).

Juan Carlos Onganía, quien pensaba que tenía para 20 o 30 años más, fue depuesto por la Junta Militar inmediatamente después del secuestro. El problema recayó sobre el general Roberto Levingston.

Una mañana de agosto de 2005, con motivo de una entrevista para

LA NACION,

tuve oportunidad de

conversar con Levingston en su casa durante tres horas

. Cuando le pregunté por las versiones que ya en junio de 1970 hablaban de la participación del gobierno de Onganía en el hecho se ofuscó. «¿Cree usted que el gobierno de Onganía va a tener contactos así?», me dijo.

-Las especulaciones se inspiraron en los orígenes ideológicos compartidos. Varios dirigentes montoneros también procedían del nacionalismo católico -respondí.

-Eso es como si me dijera a mí que yo también, como católico, puedo tener contacto con los nacionalistas católicos que están en la subversión, cuando tengo una estructura mental totalmente diferente. Pero eso que usted dice fue lo primero que yo investigué. Porque era un rumor.

Contó que él había recibido a dos amigos del general Aramburu -el general Labayru y el ingeniero Olmos-, quienes le hicieron un planteo para que se formara una comisión especial para investigar. Y que él les dijo: «Señores, el Gobierno no puede hacer eso porque tiene obligación propia de investigar la muerte».

Y continuó: «Lo llamé al doctor Eugenio Aramburu y le dije que no necesitaba una comisión especial para cumplir. Cuando la policía y los demás no encuentran nada, como ha ocurrido en casos posteriores, será porque hay otro tipo de intereses. Con la subversión no se juega. En la Argentina, la subversión, hoy blanqueada, es marxista, más allá de que fueran grupos católicos influenciados por el marxismo».


Mario Firmenich, arrestado al llegar desde Brasil a la Argentina, durante la presidencia de Raúl Alfonsín, en 1984
Mario Firmenich, arrestado al llegar desde Brasil a la Argentina, durante la presidencia de Raúl Alfonsín, en 1984 Fuente: Archivo – Crédito: Reuters

Perón, sin embargo, no consideraba marxistas a las «formaciones especiales» cuando las fogoneaba. Antes de morir, tampoco les dijo marxistas: solo estúpidos y los echó de la plaza. Ya no le servían, pero no conseguía controlarlos mediante la ambigüedad artesanal con la que en la génesis había avalado el atroz crimen de Aramburu.

La política de derechos humanos que aplicó

Néstor Kirchner

al llegar al poder -rubro para él novedoso- vino acompañada de un revisionismo histórico tan liviano como sesgado. La glorificación acrítica de la guerrilla, en realidad, estaba latente desde que el menemismo había iniciado la reinserción de cuadros montoneros y del peronismo revolucionario.

Kirchner ató una reivindicación implícita al impulso de los juicios contra militares. Necesitaba llenar un vacío ideológico, construir una épica, encantar a los nostálgicos del peronismo de izquierda. Y lo consiguió. Con ese espejismo setentista sin espesor después se bautizaría a La Cámpora. Sedujo a los sectores más radicalizados de los organismos encabezados por Hebe de Bonafini, voz mayor de la distorsión de asimilar a los desaparecidos con jóvenes idealistas, sin mencionar las armas, las bombas, las muertes.

Ese reduccionismo ahora tan consagrado, de medias palabras, gloria y beneficios tangibles, lacró, al parecer, las chances de abrir el debate pendiente.

Cualquier autocrítica seria y profunda de los montoneros supondría, además, discutir en el movimiento peronista,

donde ya no se habla más de «entrismo», las responsabilidades políticas conexas.

Y el peronismo es más propenso a homenajearse que a revisarse.

Lo ratificó en 2007 con los afiches colgados luego de que se menearon causas judiciales de la Triple A. Las 62 Organizaciones lo advirtieron claro: «No jodan con Perón».

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