Polìtica

A 50 años del asesinato de Aramburu: las Fuerzas Armadas evitan hoy mezclarse en disputas ideológicas



Lejos de las operaciones de los años 70, el Ejército se concentra hoy en la atención de la emergencia sanitaria, a través del reparto de bolsones de alimentos y apoyo logístico

En la Plaza de Armas de la vieja Escuela de Suboficiales del Ejército, en Campo de Mayo, conviven a pocos metros de distancia los bustos de los generales

Pedro Eugenio Aramburu, Eduardo Lonardi y Juan José Valle.

Tres protagonistas de las fuertes disputas militares en tiempos de la Revolución Libertadora, que marcó en septiembre de 1955 la caída de

Juan Domingo Perón

y que se prolongaron varios años en las Fuerzas Armadas, en especial cuando los

Montoneros

aparecieron en escena.

Esos enfrentamientos internos, que a grandes rasgos dividían a la fuerza entre

liberales

y

nacionalistas,

derivaron en noviembre de ese año en el relevo de Lonardi por Aramburu como presidente de facto y, ocho meses después, en el fusilamiento de Valle y otros oficiales por orden de su excompañero de promoción en el Colegio Militar, así como en el posterior

secuestro y muerte de Aramburu,

en la mañana del 29 de mayo de 1970, cuando

la organización de Mario Firmenich y Fernando Abal Medina


lo sacó de su propia casa, en plena dictadura de

Juan Carlos Onganía.

En el medio, en 1963, el país vivió la batalla entre

azules y colorados,

con tanques en la calle, que terminó con el pase a retiro de unos 400 militares, casi el 10% de los oficiales del Ejército que en ese momento estaban en actividad. Las posturas divergentes dieron lugar, incluso, a especulaciones, que ligaban a los jefes montoneros con intereses del régimen de Onganía, que se derrumbó diez días después del

secuestro de Aramburu.


El almirante Rojas y el general Aramburu, en 1956
El almirante Rojas y el general Aramburu, en 1956

«Hoy no se viven esos tiempos agitados», resumió un alto oficial, en diálogo con

LA NACION,

al marcar diferencias con el clima que envolvía al país y a las Fuerzas Armadas hace 50 años. En efecto, en momentos en que la grieta perfora todas las miradas en el campo político y social, el poder militar evita hoy aparecer en el medio de las disputas ideológicas.

Como advirtió el historiador

Rosendo Fraga

en 2007, al reflexionar sobre el

cierre de las heridas del pasado

, mientras la Escuela de Infantería lleva hoy el nombre de Aramburu y la de Artillería rinde homenaje a la memoria de Lonardi, el Ejército impuso el nombre de Valle a la Escuela del Arma de Ingenieros. «Es una evidencia de que la fuerza ha logrado procesar con éxito sus cuentas pendientes», apuntó Fraga.

«Es una síntesis de que las disputas quedaron en el pasado», coincidió un general en actividad, en diálogo con

LA NACION.

Aunque otra interpretación es que cada sector rinde tributo a su propio referente, más allá de los distintos militares que tuvieron sus momentos de liderazgo, como el propio

Onganía

y

Alejandro Agustín Lanusse,

hasta la dictadura de 1976.

«Se respeta a todos como parte de la historia, pero en general no hay pasiones a favor o en contra de cada uno. Se deja eso a un plano personal», comentó la fuente militar. «Tal vez -aventuró- muestra la madurez del Ejército de aceptar el pasado y mirar al futuro».

Reconocimiento al Nunca Más

«Hoy las Fuerzas Armadas mantienen un total respeto al orden constitucional. Hay una implícita autocrítica de lo que pasó antes», describió

Horacio Jaunarena,

tres veces ministros de Defensa, en los gobiernos de

Raúl Alfonsín, Fernando de la Rúa y Eduardo Duhalde.

Lo importante, dijo, es preguntarse «para qué sirvieron el asesinato de Aramburu y la infinidad de muertes que sobrevinieron después ¡Ni hablar de la represión sin control del terrorismo de Estado! ¿En qué quedó la Argentina después de esa matanza?»

Desde la recuperación de la democracia, pero con más intensidad a partir del sofocamiento de los levantamientos carapintadas, cuyo último intento de supervivencia fue en diciembre de 1990, las Fuerzas Armadas se mantienen ajenas a las divisiones y

disputas públicas

por el poder.

Quizás con la excepción del período en el que el Ejército fue manejado por el exjefe militar kirchnerista

César Milani,

quien aun hoy reivindica la concepción de un «ejército nacional y popular», en las filas castrenses predomina el criterio de despegarse de las clásicas disputas y ajustarse a los requerimientos profesionales.

Hoy, en unas Fuerzas Armadas que destina a 47.000 de sus 80.000 efectivos a la distribución de bolsones de alimentos y apoyo logístico en la emergencia sanitaria,

las preocupaciones pasan más por el cumplimiento de las operaciones de protección civil, al margen del equipamiento de las fuerzas y los retrasos salariales.

«La época de la revolución del ’55 no se enseñó en los institutos militares, por lo menos en los últimos 40 años, evidentemente para evitar discusiones internas. Pero tampoco se discutía fuera de los claustros. Era un tema de historia que no se discutía con pasión», recordó un militar con más de 30 años de servicio, casi todos en período democráticos y de recursos limitados.

La ofensiva de Montoneros contra Aramburu y la represión de la década del 70, un tema por más sensible, tampoco se estudia en detalle en el Colegio Militar, la Escuela Naval y otros institutos militares.

El actual

jefe del Ejército,

Agustín H. Cejas,

de 56 años, pertenece al arma de Artillería y fue director general de Educación, con responsabilidad directa sobre los institutos militares y los planes de formación de los nuevos oficiales.

En 2012, durante la anterior gestión kirchnerista, se modificaron los planes de estudios en los institutos militares, tarea en la que intervino la antropóloga

Sabina Frederic,

actual ministra de Seguridad del gobierno de

Alberto Fernández,

llevada en ese momento al Ministerio de Defensa por

Nilda Garré.

Se incorporaron nuevos contenidos en derecho constitucional, derechos humanos y derecho internacional humanitario, en un contexto de renovación, que aleja a los principales actores del poder militar del primer plano en las discusiones políticas e ideológicas.

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