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Varados por el coronavirus: vivieron dos semanas en una carpa en Filipinas y ahora comen dos veces al día

La aparición del

coronavirus

en el país hizo que se cierren todas las puertas y cada uno se quede en su casa para cuidarse y cuidar a los demás.

Pero a la hora de la cena, en muchos hogares hay mesas en las que faltan platos.

María Victoria Tarando,

de 26 años, y

Juan Cruz Filgueira Risso,

de 28, están a más de 17.000 kilómetros de la Argentina. Esta pareja viajó el 5 de febrero a conocer el

Sudeste Asiático.

«Cuando nos fuimos de Buenos Aires sabíamos que el coronavirus existía, pero ni siquiera había salido de China con lo cual, si bien pensamos en si viajar o no, creímos que no iba a trascender por fuera de esa zona», cuenta ella en diálogo con

LA NACION

.

Con la ilusión de quien sale «a conocer el mundo», recorrieron Tailandia, Singapur e Indonesia, pero al llegar al municipio de El Nido, en

Filipinas,

quedaron a la merced del virus. En ese lugar, habían reservado cuatro noches en un hostel, el Mad Monkey, donde los huéspedes duermen en carpas. Y en pocos días, pasó de todo:

Primer día: Cerraron el aeropuerto de Manila, la capital de la isla, y reprogramaron los vuelos para otros aeropuertos internacionales.

Segundo día: Se anuló esa opción. Cerraron también esos aeropuertos.

Tercer día: Anunciaron la cuarentena obligatoria y que dejarían de funcionar los transportes terrestre.

Cuarto día: Cancelaron su vuelo, que en una realidad precoronavirus hubiera despegado el 1° de abril desde Bangkok, capital de Tailandia.

Según dice, hoy un pasaje para volver a la Argentina puede salir entre 5000 y 7000 dólares, y algunos llegan incluso a 12.000. De todos modos, si pagan estos valores, tampoco podrían viajar porque es imposible llegar a un aeropuerto. «Tratamos por cielo y tierra de salir. Buscamos por horas y horas muy estresantes cómo hacerlo pero todos los vuelos y accesos están completamente bloqueados y todo se pone cada vez peor», explica Victoria, que agrega que a la cuarentena se le sumó el estado de sitio.

Por eso, junto a un grupo de extranjeros, extendieron el alojamiento en ese hostel y pasaron 14 días durmiendo en una carpa y manteniendo una distancia de un metro con los demás porque los militares se presentaban todos los días en el lugar para revisar que se respetara esta consigna, para hacerles chequeos médicos y someterlos a un interrogatorio. Estos controles eran breves pero diarios y siempre bajo la presencia de alguna persona de esta fuerza, lo que aumentaba la sensación de vulnerabilidad.


El lugar donde se están quedando Victoria y Juan
El lugar donde se están quedando Victoria y Juan Crédito: Gza. Victoria Tarando

Pese a esta hostilidad, allí se sentían seguros y tenían una garantía: el agua y la comida. Pero el hostel cerró sus puertas y el grupo de extranjeros quedó a la deriva, salvo los ingleses y holandeses que pudieron volver a sus hogares. «Nos quedamos en la calle», se lamenta.

Junto a tres canadienses (que no se conocían entre sí) y dos amigas de República Checa, Victoria y Juan consiguieron alojarse por 10 dólares la noche cada uno en un lugar sin puertas, ubicado en medio de una zona muy pobre en la que son las únicas personas «de afuera». Solo cuentan con esta opción porque quedaron en la provincia de Palawan y allí está prohibido moverse entre ciudades y las residencias para turistas ya no reciben a nadie.

«Decimos que somos una familia porque tenemos que mantenernos juntos para estar lo más seguros posible. Solo nos queda esperar a que el mundo vuelva a abrirse otra vez», dice.

En sus palabras se nota el miedo que tiene. «La gente está desesperada y muerta de hambre, y eso empeora nuestra situación en términos de seguridad», dice. Y agrega que no tienen acceso a ningún centro de salud y que no saben «cuánto más podrán aguantar».

Hoy comen solo dos veces al día: desayuno y cena, porque temen desabastecerse en un lugar donde los mercados están cerrados y donde la única opción es comprarle la comida a los residentes, quienes sacan una mesa de su casa a la calle e intentar comercializar lo que pueden, sin ningún tipo de norma de higiene (el pescado, por ejemplo, está todo el día expuesto al sol). Solo comen arroz, pollo y fideos y gastan en alimento 10 dólares al día.

Victoria celebra la rapidez con la que se tomaron las medidas en la Argentina, pero pide que al menos les avisen a los varados cuándo podrán volver. No saben cuánto tiempo se quedarán y, por consiguiente, hasta cuándo deben estirar el poco efectivo con el que cuentan. Al estar en una playa desierta, no tienen ninguna forma de generar ingresos o de extraer plata si les enviara su familia. «Dependemos de que alguna autoridad de la Argentina decida preocuparse también por la gente que está más lejos. Queremos que nos ayuden, que nos brinden medios y opciones para movernos a algún lugar que nos garantice seguridad, comida y agua y, por supuesto, en algún futuro la repatriación».

Como el resto de los varados que están desplegados por el mundo, la pareja está en contacto vía redes sociales y WhatsApp con aquellos argentinos que están en el país donde le tocó afrontar esta situación. «Estamos cerca pero lejos», dice.

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