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La pandemia, en el espejo de las crisis financieras que alteraron al mundo


Todos lo saben: las consecuencias económicas del confinamiento de la mitad de la humanidad serán severas. Sin embargo, para la mayoría de los economistas, sus consecuencias son aún incalculables. Todos afirman, sin embargo, que la recesión debería ser superior a la registrada después de la crisis de 2008 y algunos temen una gran depresión similar a la que sufrió el mundo después del crac de 1929. Los más optimistas esperan que el corazón del reactor financiero pueda volver a partir sobre bases sólidas y llegar a una rápida reactivación que permita a los Estados borrar los costos faraónicos que tendrá la crisis provocada por la pandemia del coronavirus. Después de todo, así parece demostrarlo la historia de las grandes hecatombes económicas: tras un periodo de desolación, la humanidad siempre fue capaz de ponerse nuevamente de pie, incluso con más vigor y energía.

Esta vez, es verdad, las amenazas son múltiples. Y los países en desarrollo, que probablemente serán los más castigados por las consecuencias de la crisis, son los que deberían sufrir de lleno la detención brutal de la economía mundial.

La gran cuestión que plantea esta pandemia es cómo construir una sociedad global capaz de absorber las crisis futuras. «Las sociedades ricas viven en un mundo imaginario: donde los mercados financieros funcionan correctamente y los Estados son eficaces cuando economizan al máximo. Pero nuestro mundo es mucho más complicado que eso. Deberíamos tenerlo en cuenta y destinar los medios necesarios con anterioridad», reflexiona el filósofo francés Bernard-Henri Lévy.

Como siempre, la historia es el mejor recurso para buscar respuestas. Desde hace un siglo, dos crisis financieras mayores azotaron el planeta, en 1929 y en 2008. ¿Acaso el planeta podría inspirarse en ellas para después del azote de la pandemia? Esta vez, sin embargo, la naturaleza de la crisis no es la misma. Se asemeja más bien a la pandemia de la peste negra del siglo XIV.

Esa horrible enfermedad, llegada de Medio Oriente, que entró en Europa por el puerto de Génova y fue -como el coronavirus-, un avatar de la globalización y la urbanización, golpeó una economía en escaso crecimiento y diezmó casi la mitad de su población. Obviamente, durante la epidemia los comercios cerraron, se interrumpieron los viajes y la miseria progresó. Pero la reactivación fue rápida y vigorosa, reforzó el capitalismo, los ingresos, la inversión y la industrialización.

«Después de una epidemia o de una guerra, la gente se casa y se apura a tener hijos, como un desafío lanzado a la muerte», reflexiona el economista Nicolas Bouzou. «Si la vida es corta es necesario ocuparla bien. O prolongarla, creando, emprendiendo y multiplicándose», agrega. A su juicio, «ya sea en la Edad Media o en el siglo XXI, los hombres nunca cambian: están condenados a recorrer, una y otra vez, el camino del progreso y del crecimiento».

Crac de 1929: un rayo que derivó en una década de depresión

Desencadenada en Estados Unidos, la onda expansiva de la crisis de 1929 se difundió con la rapidez de un rayo al resto del mundo y tuvo, in fine, consecuencias similares. Entre 1929 y 1932, la inversión se contrajo 89% y el PBI cayó 26% en Estados Unidos y 17% en el resto del planeta, y el intercambio comercial se redujo en 50%. Más de 12 millones de trabajadores norteamericanos perdieron su empleo (un cuarto de la población activa) y más de 100 millones de personas quedaron en la calle en el resto del planeta, todos condenados a hacer interminables colas durante horas en las «ollas populares» para poder comer, según John Kenneth Galbraith, el economista que mejor estudió ese período.


Contrariamente a lo que sucede hoy -y al igual que en 2008- el crack del ?29 tuvo un origen financiero. El sistema económico mundial, concebido sobre el modelo de Estados Unidos, reposaba hasta ese año sobre el postulado del optimismo. Ningún freno político limitaba la producción y, en consecuencia, el peligro de la sobreproducción amenazaba cada vez más a la economía mundial. La respuesta financiera fue desarrollar el crédito a los particulares para sacarse de encima los stocks, mientras que los bancos multiplicaban sus beneficios.

Consciente de los riesgos, el mundo decidió ignorar que si -por alguna razón-, el crédito se detenía bruscamente, cesarían las compras, los stocks se acumularían, los precios se derrumbarían y provocarían una catástrofe planetaria, teniendo en cuenta el papel dominante de Estados Unidos. Y fue exactamente eso lo que sucedió.

El fenómeno subsidiario que terminó por instalar la hecatombe fue una brusca pérdida de confianza ligada a la especulación bursátil. La fecha simbólica de ese derrumbe fue el llamado «Jueves Negro» del 24 de octubre de 1929, que desencadenó el terrible crac de Wall Street.

Los primeros países afectados por la crisis norteamericana fueron aquellos que proveían materias primas casi exclusivamente a Estados Unidos. Así, una ya empobrecida América Latina sufrió un crecimiento exponencial de la miseria.

Dirigentes políticos y financistas del planeta quedaron desconcertados por la violencia y amplitud de la crisis. ¿Cómo responder? Una primera cuestión se planteaba: saber si cada país debía intentar resolver el problema en forma individual o si la solución sería internacional. Esta última opción fue intentada con timidez en vísperas de 1933 hasta que el presidente norteamericano, Franklin D. Roosevelt, puso fin deliberadamente a la Conferencia de Londres de ese año, convocada para decidir una respuesta común.

Estrategias

Sin una solución común posible, la comunidad internacional adoptó tres tipos de estrategias: la deflación y el bloque de oro -explorado por Alemania, Francia, Bélgica, Italia Suiza y Holanda-, la devaluación -adoptada con éxito por Inglaterra, Estados Unidos- y el control de cambios -bien conocido por los argentinos- y que, según los especialistas, puede servir como un método provisorio, necesario para reanimar en circuito cerrado una economía debilitada por una crisis. O bien como una solución definitiva tendiente a organizar una autarquía, tal como lo preconizaba el mismo Hitler en aquel momento.

En todo caso, la respuesta proteccionista desatada por Estados Unidos hundió el comercio internacional, que tardó una década en recuperarse. Hubo que esperar hasta 1944, casi al final de la Segunda Guerra Mundial, para que llegaran los nuevos instrumentos de regulación financiera: los acuerdos de Bretton Woods, destinados a crear una organización monetaria mundial en torno del dólar y favorecer la reconstrucción y el desarrollo económico de los países afectados por el conflicto.

Colapso de 2008: el shock brutal que generó una reacción inédita

«La economía es una ciencia, pero tiene serias dificultades para alejarse de la ideología. Por eso suele pasar por alto algunos hechos. Una comparación entre las crisis de 1929 y de 2008 basta para ilustrarlo. El origen de ambas crisis es monetario. Sin embargo, los bancos centrales reivindican el mérito de haber impedido que la crisis de 2008 tuviera la amplitud de 1929, a pesar de que todos cometieron el mismo error», decía el especialista en historia económica Pierre Bezbakh.

Como en 1929, la crisis de 2008 también estuvo precedida por un periodo de expansión monetaria que había comenzado alrededor de 2002. Esa política creó una burbuja financiera que aceleró la economía y permitió compensar la caída de otra burbuja, la de internet. A esos fenómenos se sumaron las facilidades acordadas al crédito, particularmente a través de Fannie Mae y Freddie Mac, dos empresas mixtas estadounidenses que compraban créditos subprimes, es decir, de alto riesgo, para fomentar el mercado inmobiliario.

En poco tiempo, la economía norteamericana estaba basada en el crédito y todo el mundo estaba encantado. Un círculo virtuoso keynesiano debía ponerse en marcha, pues -según argumentaban los teóricos de esa burbuja- el gasto provocaba crecimiento. Pero, cuando todo se derrumbó, la realidad no confirmó la teoría: el pánico no fue menor ni menos inédito que en 1929 en un contexto de hiperglobalización.

La prueba es el shock sin precedentes que provocó el derrumbe de Lehman Brothers, uno de los principales bancos de negocios de Estados Unidos, el 15 de septiembre de 2008. Los historiadores del crac reconocen ahora que se podría haber evitado su caída si el Tesoro norteamericano lo hubiese decidido. Los efectos fueron casi inmediatos, pues paralizaron el sistema financiero norteamericano y golpearon brutalmente el conjunto de la economía mundial: los intercambios comerciales internacionales se hundieron 30% en noviembre de 2008, un fenómeno único derivado de las conexiones de diferentes cadenas de producción entre países, producto de la globalización.

Pero esta vez, contrariamente a 1929, la reacción internacional también fue totalmente inédita por su amplitud y su cohesión. Uno de los gestos clave de la determinación de los grandes gobiernos fue una reunión del G-20 el 15 de noviembre de ese año, que congregó en Washington a los jefes de Estado y de gobierno de las principales potencias económicas mundiales, incluidos los países emergentes.

Políticas monetarias agresivas, ayuda a los bancos en dificultad, a veces incluso nacionalizaciones -como en Gran Bretaña-, reactivaciones presupuestarias masivas. la depresión económica fue evitada con lo justo. También fue gracias a los países emergentes, cuya órbita de crecimiento rápido quedó prácticamente intacta.

Por el contrario, es legítimo preguntarse si las políticas de salida de crisis estuvieron a la altura de los desafíos que planteaban los comienzos del siglo XXI. A partir de 1933, los gobiernos habían sido capaces de imaginar políticas radicales de reactivación -como el New Deal en Estados Unidos-, reformas financieras e inversiones públicas, así como una fiscalidad fuertemente redistributiva, que después de la Segunda Guerra habían contribuido al advenimiento de los llamados «Treinta Gloriosos», el mayor periodo de expansión de la post-guerra (1945-1975).

En contraste, es necesario constatar la timidez de las reformas financieras y fiscales de los gobiernos después de 2008, sometidos a la presión de los mercados y los lobbies financieros. En esas condiciones, sumadas al resurgimiento del proteccionismo de Donald Trump y la guerra comercial con China, el planeta nunca terminó de absorber la inestabilidad económica y financiera que había dejado la crisis.

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