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Caos, contradicciones y peleas: la respuesta de Donald Trump a la pandemia


Caos, contradicciones y peleas: la respuesta de Donald Trump a la pandemia Crédito: Dpa

Desde el comienzo de la crisis por el virus, el mandatario mostró una estrategia errática que se refleja en números: Estados Unidos tiene ya casi la misma cantidad de infectados que Italia, España y Alemania juntos

WASHINGTON.- Caos, fallas, falta de reflejos, anuncios inconclusos, mensajes contradictorios, peleas y ataques a la prensa desde el atril de la Casa Blanca o Twitter. Todo eso tiene la respuesta de Donald Trump a la pandemia, una de las peores crisis en la historia de Estados Unidos.

Tres meses después de recibir la primera notificación formal de China sobre el brote, el gobierno de Trump todavía intenta terminar de afilar su estrategia para contener al «enemigo invisible» que paralizó al país, puso de rodillas a la economía y ya provocó más de 10.000 muertes.

«Tenemos un plan», había asegurado Trump a periodistas, en Davos, Suiza, el 22 de enero, después de que se confirmó el primer caso de la nueva enfermedad en Estados Unidos. «Lo tenemos bajo control. Va a estar todo bien», insistió, ese mismo día, en una entrevista con la cadena CNBC.

Ayer, Estados Unidos superó los 350.000 casos confirmados de Covid-19, según el conteo de la Universidad Johns Hopkins, casi la misma cantidad que Italia, España y Alemania, los siguientes países más afectados, juntos. Ya murieron 10.689 personas. El gobierno ha hecho menos tests per cápita que Corea del Sur, Alemania o Italia, y persisten los reclamos por falta de equipos en hospitales para médicos, enfermeros y pacientes. La pandemia llegó, avanzó, las muertes se apilaron, el país se encerró, los mercados cayeron en picada y Trump nunca dejó de decir que su gobierno hacía un «gran trabajo».


Enfermeros trasladan un cuerpo a un camión refrigerador utilizado como morgue temporaria en el Hospital Wyckoff, en Nueva York
Enfermeros trasladan un cuerpo a un camión refrigerador utilizado como morgue temporaria en el Hospital Wyckoff, en Nueva York Fuente: AFP

A fines de febrero, Trump seguía insistiendo en que el virus estaba «bajo control» y que pronto se iría. «Un día, es como un milagro, desaparecerá», afirmó. Dijo que la nueva enfermedad «era como la gripe». A fines de marzo, recalculó. «No es la gripe. Es despiadado», afirmó, al reconocer la nueva realidad, y anticipó, en un tono sombrío, semanas «muy dolorosas». Quería abrir el país para Pascua, pero estiró el cierre hasta fines de abril.

A principios de marzo, Trump viajó a Atlanta, al Centro para el Control de Enfermedades (CDC, según sus siglas en inglés), donde prometió que «cualquiera que quiera hacerse un test tendrá un test». Un mes después, esa promesa sigue incumplida: Estados Unidos testea a personas con síntomas asociados a Covid-19, como tos o fiebre, con una orden de un médico. China informó al CDC del brote a principios de enero. Pero el primer test de la agencia falló, un traspié que costó valiosas semanas.

«No asumo la responsabilidad en absoluto», afirmó Trump, a mediados de marzo, al declarar la emergencia nacional, cuando le preguntaron si se sentía responsable por la lenta respuesta oficial para habilitar los análisis.

Con la ayuda de empresas, el gobierno logró multiplicar los estudios y realizó ya alrededor de 1,8 millones de tests. Trump agigantó el hito al afirmar, erróneamente, que ningún otro país había hecho tantos estudios «per cápita». Corea del Sur, Alemania e Italia han superado a Estados Unidos.

En Estados Unidos, los médicos en la primera línea de batalla aún temen que falten guantes, batas o máscaras para prevenir contagios, o respiradores para sus pacientes. Varios gobernadores recurrieron al gobierno federal para pedir equipos, y pidieron que el Ejército construya hospitales. El Ejército levantó hospitales en gimnasios, centros de convenciones o canchas de fútbol, pero la puja por los equipos continúa. La reserva del gobierno federal no dio abasto. Una investigación de la agencia AP reveló que recién a mediados de marzo, después de que la Organización Mundial de la Salud declaró una pandemia, las agencias federales comenzaron a comprar máscaras N95 o respiradores. Alabama recibió un envío de 5000 máscaras podridas. Varios gobernadores llevaron sus reclamos a los medios. Su argumento: la respuesta a la crisis debía ser federal y Washington debía liderar.

A principios de abril, Trump, exasperado, dijo que su gobierno había hecho un «increíble trabajo» y no era «un empleado que toma órdenes». Renegó de «pedidos inflados» de los gobernadores y los culpó por la falta de previsión.

«Deberían haber armado sus reservas», dijo el 2 de abril. «Recuerden, somos un refuerzo. Somos el mejor refuerzo que jamás existió para los estados», insistió, dos días después.

A diferencia de lo que ocurre en otros países, los medios ignoran la información oficial sobre el avance de la enfermedad porque está notablemente retrasada. Trump nunca da cifras. Ante ese hueco, los medios elaboran sus propios números o siguen el conteo de la Universidad Johns Hopkins. Ayer, el CDC tenía 8910 muertes confirmadas, contra 10.689 de la universidad.

Trump dijo que el distanciamiento social era una «cuestión de vida o muerte», pero eludió imponer una cuarentena nacional como la de Italia, España o la Argentina. «Les dejo eso a los gobernadores», dijo.

Una y otra vez, Trump, funcionarios de su gobierno y sus aliados han promovido el uso de hidroxicloroquina, una droga que suele recetarse para el paludismo, para tratar la nueva enfermedad. El principal experto de su gobierno en la batalla contra la pandemia, Anthony Fauci, ha sido más que cauto, al recordar, cada vez que le preguntaron, que todavía faltan estudios clínicos. La ciencia, ha advertido Fauci, aún no respalda ese tratamiento. Trump le ha dicho a la gente que lo pruebe. «¿Qué tenés para perder?», justificó.

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