Espectáculos

Pearl Jam regresa para revalidar sus credenciales bien 90

Grabaciones

Nuestra opinión:

buena

Undécimo disco de estudio de estos indomables sobrevivientes de la escena grunge,

Gigaton

llega luego un largo silencio -pasaron siete años desde la salida de

Lightning Bolt

– y revela un intento de ampliar, al menos un poco, el horizonte sonoro de un proyecto musical que en sus dos últimos trabajos -aquel de 2013 y

Backspacer

(2009)- había tratado de suplir la escasez de ideas con una agitación propia de una banda de garage que en realidad Pearl Jam no fue antes ni es ahora.

El espíritu rockero persiste (está en el ADN del grupo) en temas como «Never destination», «Superblood Wolfmoon» y «Take the long way», pero también hay algún pasaje donde aparece inesperadamente la electrónica («Alright»), un mid tempo que le calza muy bien al reconocible estilo interpretativo de Eddie Vedder («Seven O’Clock»), una buena pieza folk («Comes Then Goes») y un final con órgano litúrgico («River Cross») donde el cantante sacraliza un reclamo ecologista que ya viene impreso en el arte de tapa del álbum. La portada de

Gigaton

es la fotografía de un glaciar que se derrite tomada por el fotógrafo y biólogo marino noruego Paul Nicklen en su país (los icebergs de la isla de Nordaustlandet, en Svalbard), y el título del disco alude a la medida utilizada para determinar la fusión continua de los cascos polares en todo el mundo. No faltan tampoco las críticas directas a Donald Trump, cuya opinión sobre las consecuencias del cambio climático en el planeta son por demás conocidas (en «Quick Escape» Vedder cita a Jack Kerouac y busca por Marruecos y Cachemira algún lugar que las negligentes políticas del polémico presidente de los Estados Unidos todavía no hayan jodido).


Fuente: LA NACION

Pero si hay algo que caracteriza a este disco de Pearl Jam, más allá del explícito contenido político, es su estatus de producto indisimulable de laboratorio: bucles de batería y texturas creadas con sintetizadores que se cruzan con las clásicas guitarras distorsionadas de la veterana banda de Seattle (ya lleva treinta años en la ruta) para crear un compost sonoro que no será tan fácil de reproducir fielmente en vivo.

Ese trabajo de orfebrería necesitaba sí o sí de un socio a la altura de las circunstancias, Josh Evans (colaborador de Soundgarden, Gary Clark Jr.), reemplazante de un productor muy identificado con el grupo (Brendan O’Brien) que seguramente se hubiese inclinado por sus esquemas más rutinarios.

Una buena síntesis de ese golpe de timón, notorio pero para nada exagerado, es «Dance of the Clairvoyants», que toma prestada una parte de la famosa línea de bajo de «Cannonball», el mayor éxito de The Breeders, para abrirle paso a un diseño instrumental que quizás proporcione una pista del futuro de Pearl Jam.


Fuente: LA NACION

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