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Murió McCoy Tyner el gran ladero de John Coltrane


El piano de McCoy Tyner se destacó en las formaciones de John Coltrane tanto como para convertirse en su compañero ideal Fuente: AFP

«Mi actual pianista sostiene las armonías y permite que me olvide de ellas. Él es el que, de alguna manera, me da alas y me deja despegarme del suelo». Con esas palabras John Coltrane describía a

McCoy Tyner

en 1961 durante una entrevista con The New York Times. Alfred McCoy Tyner, que había nacido en 1938 (murió el pasado viernes 6 de marzo a los 81 años y la causa no fue dada a conocer), se había unido al cuarteto del saxofonista hacía apenas un año y medio, pero ya sería, desde entonces y para siempre, el músico que mejor entendería a John Coltrane en su odisea musical y espiritual.

Porque la conexión entre ambos fue mucho más allá del sonido. Ambos oriundos de Filadelfia, se habían hecho amigos al tiempo que se nutrían de la gran escena de la ciudad. Para McCoy Tyner, pianistas como Red Garland, Kenny Barron y principalmente Bud Powell se convertirían en hérores locales de los que podía aprender en vivo y en directo. La otra gran afinidad con Coltrane venía por el lado de la religión y la búsqueda de una iluminación celestial, aspecto que llevarían a su pico máximo de expresividad en el fundamental

A Love Supreme

(1965), uno de los discos más sólidos en la historia de la música del siglo XX. Allí el cuarteto que completaban el contrabajista Jimmy Garrison y el baterista Elvin Jones consigue una alquimia que solo logra el entendimiento y los años juntos. Un lustro antes, Coltrane le había dicho a Tyner: «Cuando me vaya del grupo de Miles Davis te quiero en mi banda». Así lo hizo y así le funcionó.

Si la producción de Coltrane entre 1960 y 1965 puede verse como un ascenso hacia una espiritualidad superior, el aporte de McCoy Tyner fue el de asegurarle un aterrizaje firme cada vez que decidiera regresar. Su estilo serio, lírico y, sobre todo, de un soberbio manejo de los graves (su mano hábil era la izquierda) hacían que el resto del cuarteto pudiera volar libremente en términos melódicos y rítmicos. La armonía estaba allí, asegurada incluso en los momentos en los que decidía sugerirla antes que explicitarla. A la hora de lo solos, Tyner desplegaba un sonido brillante, repleto de staccatos que se convirtieron en una referencia para el jazz moderno, empezando por el propio Chick Corea y llegando hasta Jason Moran en la actualidad.


McCoy Tyner en su visita a Buenos Aires de 2010; el pianista tocó hasta sus últimos días
McCoy Tyner en su visita a Buenos Aires de 2010; el pianista tocó hasta sus últimos días Fuente: Archivo – Crédito: Andrea Knight

Una vez alejado del cuarteto por diferencias musicales («Mi piano ya casi no se escucha», llegó a declarar), McCoy Tyner se enfocó en su carrera solista, que mantuvo siempre en formatos acústicos, nada de pianos eléctricos ni sintetizadores. Firmado por Blue Note en 1967, editó

The Real McCoy

, tal vez su gran disco como líder. Aunque mantenía la búsqueda espiritual que había desarrollado con Coltrane, aquí lo hacía de una manera instrospectiva y melódica, bien alejada de la voracidad

free

del saxofonista. Sus composiciones buscaban reflejar, según sus propias palabras, «el sonido de un hombre solitario», sus reflexiones en lo que la religión constituía para él y el significado de la vida. «Tiene que ver con la sumisión a Dios y entregarse uno mismo al universo», señalaba.

Aunque los 70 y los 80 no fueron del todo receptivos a su música, que siempre se mantuvo ajena al jazz rock, el tiempo puso las cosas en su lugar para McCoy Tyner. Considerado una de las últimas leyendas vivas del jazz, continuó grabando y tocando hasta sus últimos días. Las residencias en el Blue Note Jazz Club de Nueva York se agotaban todos los años en cuestión de minutos por admiradores de todo el mundo que se acercaban para escucharlo tocar incluso sus composiciones menos conocidas. «Pensé en dedicarme a manejar un taxi», comentó alguna vez sobre sus años difíciles. Felizmente, McCoy Tyner nunca dejó de tocar el piano, de buscar «decir» eso que las palabras no pueden, de mirar hacia arriba para embellecer lo que pasa acá abajo y de influir a cualquiera que hoy se siente sobre un piano y quiera saber qué es el jazz.

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