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Emmanuel Horvilleur y el reencuentro con su padre biológico: «Los dos sabemos que ya no se puede modificar el pasado»


Emmanuel Horvilleur se reencontró con su padre biológico en Francia, luego de 20 años, en la última gira europea de Illya Kuryaki and the Valderramas; el acontecimiento es el disparador artístico de su próximo disco, Xavier Crédito: Patrico Pidal/AFV

Emmanuel Horvilleur planifica un 2020 intenso. Después de un par de shows en la costa atlántica durante el verano, vendrá
Lollapalloza por partida doble (las ediciones de Chile y de Argentina) y la grabación de un nuevo disco que será parte de una trilogía iniciada el año pasado con
Xavier, trabajo teñido por las vivencias de un viaje a Europa donde este músico que también sigue siendo la mitad de
Illya Kuryaki & the Valderramas refrescó su memoria emocional.

El encuentro directo con la historia de vida de su padre biológico en Francia fue el disparador de un repertorio que empezó a cocinarse allá en Madrid, con Rafael Arcaute productor de René de Calle 13, de los Kuryaki y una de las figuritas más requeridas en América Latina) y Didi Gutman (Brazilian Girls, Meteoros) como socios, cuando los tres aprovecharon un pequeño paréntesis de una gira con los Kuryaki (que funcionaron a pleno de 1991 a 2001 y luego se tomaron un respiro de diez años) para usar unas horas de estudio y trabajar en lo que luego tomaría la forma definitiva de «El Hit», primer
single de
Xavier.

«Ahora estoy laburando con mi hermano,
Lucas Martí, y con
Lisandro Aristimuño en unas canciones que están quedando muy bien -cuenta Horvilleur-. Tienen los colores de todos porque son composiciones compartidas. Cada vez me gusta más trabajar en equipo, dejarme influir por los otros, intercambiar información».

Y si de información importante se trata, la que Emmanuel absorbió en sus años mozos gracias a su mamá, la astróloga Mercedes Villar, y su otro padre, el fotógrafo Eduardo Martí, quien se ocupó de su crianza, fue y sigue siendo determinante: «Eso está siempre en lo que hago porque lo tuve a disposición desde que era muy chico. Ellos dos ejercieron una influencia crucial en cuanto a lo artístico. Mi vieja con las artes plásticas y el cine, y mi viejo con la música. Me tiraron mucha data, la verdad. Ahora me enteré por mi mamá que se reestrenó una copia nueva de
La dolce vita de (Federico) Fellini. Ese tipo de cosas…».

-Entonces
Xavier empezó cuando estabas en una etapa Kuryaki.

-Sí, porque esa gira, que estuvo buenísima y fue la tercera que hicimos por Europa, me sirvió para reconectar con una parte de mi familia. Estuvimos en París, Berlín, Barcelona, Madrid, Amsterdam… Y en Francia lo vi a mi papá biológico, Juan, después de más de veinte años. Y ahí se abrió algo que estaba medio dormido, en lo emocional y en lo creativo. Después el disco se fue alimentando de otras vivencias y disparadores para las canciones.

-¿Como fue el reencuentro con Juan, tu padre biológico?

-Estuvo bueno. Nos habíamos visto por última vez en el 95, cuando presentamos
Chaco con los Kuryaki en el teatro Maipo. Él se separó de mi vieja cuando yo tenía un año y se fue a Francia. No lo vi más hasta esa vez del Maipo. Ahora charlamos bastante, los dos sabemos que ya no se puede modificar el pasado y todo volvió a fojas cero. No sé cuándo nos veremos de nuevo. Me encontré con primos, revisamos fotos, conversamos. Toda esa experiencia está un poco reflejada en el disco, pero es un ingrediente más de la receta. Cuando hablo de
Xavier como resultado de la experiencia de este viaje a Europa también pienso en lo que pude conocer de la movida artística en Francia de la mano de Benjamin Biolay y con un amigo como Fernando Samalea, que estaba ahí conmigo. Creo que un viaje hecho a esta edad es diferente a otros que hice siendo mucho más chico, además.


Emmanuel Horvilleur y los inicios de Illya Kuryaki:
Emmanuel Horvilleur y los inicios de Illya Kuryaki: «Había gente que decía que éramos maricones, chetos, acomodados… Que los Redondos tal cosa y que nosotros tal otra… Nos tuvimos que bancar insultos y una ola de prejuicios muy grande» Crédito: Patrico Pidal/AFV

-IKV parece ir reactivándose de cuando en cuando para prolongar un proyecto artístico que no tiene fecha de expiración, ¿no?

-Sí, es algo que siempre está ahí, latente. Pero la forma de relacionarnos que tenemos con Dante (Spinetta) cuando estamos juntos mucho tiempo es intensa, así que los parates nos ayudan a reconstruir. Muchas veces tenemos ideas distintas sobre el tema, pero como lo que pasa artísticamente entre los dos es muy fuerte, nunca se generaron problemas graves. Tenemos diferencias sobre los momentos en los que cada uno pretende seguir con su carrera solista, pero nos vamos acomodando. Entrar y salir de una banda como Kuryaki no es del todo fácil: el regreso duró siete años. La idea es que el futuro vaya fluyendo mejor. Decir ahora que a fin de año hacemos cuatro o cinco shows y listo, por ejemplo. Creo que a veces le metemos a esos asuntos un peso extra que no debería ser tal.

-Los Fabulosos Cadillacs llevan una carrera como la que estás pensando.

-Exacto. Se reúnen ahora para el Lollapalooza y después capaz que paran por un tiempo largo para que cada uno haga sus cosas. Illya Kuryaki tiene las condiciones para hacer algo así.

-¿Son diferentes las energías que ponés en el proyecto con Dante y en tu carrera solista?

-Sí, porque en mi carrera solista tengo que remarla más. Cuando paré con los Kuryaki no había ninguna compañía discográfica claramente dispuesta a darme una mano, no llamé la atención de nadie en las primeras reuniones… Tuve que volver a hacerme de abajo. Cuando reedité
Música y delirio (2003) para las redes, pensaba que ese disco me forjó, me llevó a ser un nuevo artista. Igual me gustan las dos variantes: la popularidad de IKV, que te permite contar con una estructura para moverte, y el esquema solista, más chico, en el que trabajo como un chef dedicado a la cocina de autor.


«La primera vez que cobramos plata en Sadaic nos terminamos comprando unos muñequitos de G.I.Joe», recuerda Emma Horvilleur sobre los inicios de IKV Crédito: Patrico Pidal/AFV

-¿En qué dirección sentís que evolucionó tu música desde aquel debut hasta hoy?

-Mi música se fue limpiando, con todo lo bueno y lo malo que tiene eso. Empecé a disfrutar de un sonido con menos distorsión, me puse más romántico, pero no en las letras sino en el sonido. Más cercano al soul, con un groove que bajó unos puntos el tempo. Digamos que me fui ablandando (risas). Pero no lo veo como algo malo. El
midtempo va mejor con lo que soy hoy. En
Música y delirio quisimos probar un montón de cosas diferentes. Diego Bavasso, el productor de ese disco, fue muy importante en ese proceso. Mucha gente lo escucha ahora y me dice «¡Qué locura ese disco!». Y sí, fue música y delirio, efectivamente. Tiene hits como «Soy tu nena» y «Hermano plateado», pero hay otras canciones no del todo descubiertas que también están muy buenas.

-Si tuvieras todos los recursos que necesitás, ¿cómo encararías un disco solista?

-Lo que haría hoy es irme a grabar canciones a diferentes lugares. Estuve hace un tiempo en Sonic Ranch (Estados Unidos) grabando con un amigo mexicano, Jay de la Cueva (Moderatto, Titán, Molotov, Fobia), y trabajamos con un trío de funk alucinante de Minneapolis. Me gustaría ir a Bahía (Brasil) para grabar con unos percusionistas. Flasheo con ese tipo de cosas. Ir a los lugares donde nacieron algunos estilos que me gustan y grabar ahí. Me gusta mucho trabajar con otros. Estuve grabando con Fernández 4, Científicos del Palo, Meteoros… Disfruto un montón cuando me involucro en las dinámicas de otros músicos. De hecho tengo una banda en la que toca gente que también lo hace con Conociendo Rusia, Cazzu o Wos.

-¿Y con los sonidos más nuevos como el trap, cómo te llevás?

-Me gusta lo nuevo, aunque en el trap encuentro demasiadas cosas muy repetidas. Me gustaron mucho los juegos con el hi-hat y la densidad que incorporaron artistas como Kanye West, pero después hubo una combinación de determinado
beat con el Auto-Tune que se volvió demasiado generalizada y me empezó a aburrir esa monotonía. Es como si hubiera una misma canción compartida por un montón de artistas. Eso me parece un síntoma de comodidad, tanto de parte del que lo hace como del que lo escucha. Pero también están Catriel y Paco Amoroso, que se animan mucho más, arriesgan.


Emmanuel Horvilleur se presentará a fines de marzo en Lollapalooza, tanto en la edición argentina como en la chilena
Emmanuel Horvilleur se presentará a fines de marzo en Lollapalooza, tanto en la edición argentina como en la chilena Crédito: Patrico Pidal/AFV

-Cuando apareció Illya Kuryaki también hubo resistencia, falta de empatía y críticas filosas algo prematuras. ¿No hay un riesgo de caer en lo mismo ahora?

-Es cierto que nos comimos mucho bardo cuando aparecimos con el rap. Había gente que decía que éramos maricones, chetos, acomodados… Que los Redondos tal cosa y que nosotros tal otra… Nos tuvimos que bancar insultos y una ola de prejuicios muy grande. Pero la diferencia es que yo no tengo mala leche. Le hago una crítica al trap porque no siento que asuma riesgos artísticos. Hablo en líneas generales, claro. Creo que perfectamente podría ser la evolución de un montón de cosas que siempre me gustaron, pero para eso tiene que tener personalidad, tiene que notarse una búsqueda.

-¿Cómo fue lidiar con aquellos prejuicios de los que hablás?

-Complicado. Porque parecía que en los 90 era obligatorio acreditar un recorrido en el
under para ser respetado. Y nosotros estábamos concentrados buscando dónde escuchar rap. Íbamos a fiestas y esperábamos toda al noche para que pasen cuatro o cinco temas que queríamos bailar. Temas de Run DMC o los Beastie Boys. Tuvimos una militancia grossa con un género que recién aparecía en la Argentina y nos fuimos abriendo un camino.

-¿De dónde vino esa información sobre el hip hop?

-Bueno, se sabe que nos gustaba mucho Michael Jackson, que también nos gustaba el
breakdance… Escuchábamos mucho a Prince, o el famoso tema «Rockit» de Herbie Hancock. Íbamos la las disquerías que había en distintas galerías de la ciudad a buscar discos de rap. Y fuimos haciendo así nuestro propio sonido, cruzando el rap con música que también nos gustaba mucho de Spinetta, Fito (Páez), Virus. Después, a partir de
Versus (1997), aparecieron mucho más el soul y el funk, porque empezamos a viajar al exterior y volvíamos cargadísimos de discos que comprábamos en esas giras.

-¿En esa época soñaban con llegar tan lejos con Illya Kuryaki?

-Fantaseábamos algo. Me acuerdo de estar con Dante tirados en el pasto mirando el cielo y diciendo que nos iba a ir muy bien: «Nos vamos a comprar una bicicleta media carrera cada uno» (risas). Al final, la primera vez que cobramos plata en Sadaic nos terminamos comprando unos muñequitos de G.I. Joe.

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