Espectáculos

Bolivia: diarios de la resistencia musical en los días post Evo Morales


Rapera y combativa, Nina Uma es una auténtica Miss Bolivia Crédito: Adriana Bravo

La calma reina por decreto en Bolivia y la ciudad de La Paz hace honor a su nombre esta noche de diciembre. La renuncia forzada del presidente Evo Morales, que puso fin a 14 años de próspero gobierno del Movimiento al Socialismo (MAS), parece muy atrás. Cuatro patrulleros y un carro lanza agua hacen guardia en Plaza Murillo. A un lado, callada, la Catedral; enfrente, más callada, vacía, en sombras, la Asamblea Legislativa.

Hace unos días, Jeanine Áñez, la autoproclamada sucesora blanca del primer mandatario indígena boliviano, anunció que pagarán 50.000 bolivianos (unos U$S 7.000) a cada familia de los 30 muertos por la represión golpista en Senkata, Sacaba y otros rincones del país.

Familiares y organizaciones de Derechos Humanos declinaron una indemnización en esos términos. Porque el mismo Decreto Supremo 4100 del Ejecutivo que les daba esos puñados de dólares les cerraba, con la aceptación, toda puerta a reclamar justicia ante tribunales internacionales. Áñez firmó también un decreto que autoriza al Ministerio de Defensa para reabastecer de gas antidisturbios a los uniformados.

A pocos pasos de la Plaza Murillo, en el popular Mercado Lanza, una sopa de maní con llajua (salsa de tomate y locoto) cuesta cinco bolivianos (unos 40 pesos argentinos). «Pero pocos clientes hay, casero». Al frente del diminuto pero ordenado puesto de comida está Rosario Beltrán, mujer de pollera, o chola, como desde la Colonia llaman a los indios urbanos. Rosario sirve un abundante plato hondo de sopa y convida una marraqueta, el pan crocante paceño. Monologa con una wiphala como telón de fondo: «Es general la sensación, casero, estamos todos muy tristes, como a la deriva. Este gobierno tiene que llamar a elecciones ya mismo». En la vieja televisión del local, otro monólogo, oficial: el nuevo viceministro de Comunicación, Martín Díaz Meave, ensaya un discurso cuya salsa, que tiene gusto a insulsa, promete «tender puentes, unir y sanar al país».

Cae la noche altiplánica. A 3.600 metros sobre el nivel del mar, donde el agua hierve ya a 88° centígrados, todas las noches son frías. Es viernes y en el atrio de la Universidad Mayor de San Andrés (UMSA) hay un encuentro de artistas autoconvocados. Sobre la fachada de la universidad pública paceña una bandera desplegada denuncia un ecocidio. Durante el pasado septiembre, los fuegos devoraron dos millones de hectáreas en la región de la Chiquitanía (Santa Cruz de la Sierra), en el Oriente boliviano. Docentes y estudiantes marcharon aquel mes en protesta por las empinadas calles de La Paz. Exigían al gobierno de Evo Morales la derogación de una ley que autorizaba desmontes. Los manifestantes fueron retirados con gases por las fuerzas policiales de la Plaza Murillo.

En plena campaña electoral, las protestas de los jóvenes habían empezado a ser un dolor de cabeza para Morales y Álvaro García Linera, la fórmula que buscaría su cuarto mandato consecutivo en las elecciones generales del domingo 20 de octubre. «Hace unas semanas nos autoconvocamos. El ecocidio quedó tapado por la política. Nos juntamos los viernes, sacamos un parlante a la calle y damos voz al que quiera. Hoy tenemos sikuriada», explica Aldo Ramone, vocalista y guitarrista de la banda de ska-punk The Prestes. Una docena de pibes les dan sin respiro a las cañas andinas.

Aldo tiene 30 años, estudió Historia en la universidad pública y desde muy chango arrancó con el punk. Se gana la vida como artesano. En recitales vende pines antifascistas, parches antirracistas y su fanzine antiortodoxo La Pianola Records: «También hago eventos, pinchamos vinilos. Un poco de todo. En Bolivia nadie vive de la música. Menos del rock».

Aldo resalta que la estabilidad que alcanzó Bolivia en la última década y media fue fértil para el florecer cultural: «Pucha, antes en La Paz, y te hablo de la movida underground, como mucho había un concierto por mes. Ahora hay tres eventos por fin de semana. Pero las marchas por las elecciones mostraron que la economía no es lo único importante».

Desde su nacimiento en 1825 hasta una independencia que no fue sinónimo de libertad, el Estado boliviano había conocido más gobernantes que años de vida. A pesar de tensiones y confrontaciones permanentes, el gobierno del presidente Evo Morales Ayma fue el más estable de esa historia que todavía no es bicentenaria. Hasta que fue depuesto el 10 de noviembre, presionado por la escalada de protestas post elecciones, el motín policial y la sugerencia del comandante de las Fuerzas Armadas a Morales de que dejara el cargo.

El crecimiento económico boliviano en los últimos años fue parejo y sostenido, a un promedio del 4% anual. El ingreso per cápita pasó de 1100 dólares en 2005 a 3671 en 2019. La desocupación bajó del 8,1 al 4,4 por ciento. La pobreza extrema se redujo en más de la mitad: en 2005 era del 38,2 y llegó ahora al 15,2 por ciento. Desde 2006 hasta 2019, Bolivia destinó miles de millones de dólares para proteger y ayudar a los sectores vulnerables a través de bonos sociales.

«Este es un momento peculiar de nuestra historia -dice Aldo con tono de historiador, que aún debe la tesis-. En sus primeros cinco años, Evo fue lo que esperábamos. Nacionalizaciones, congelamiento del dólar, expulsión de multinacionales, estatización de servicios básicos, pero con los años se fue torciendo. Es chistoso porque la misma gente que festejó su asunción ahora festejaba su caída».

Se suman bombos a los sikuris. Algunos bailan, giran en ronda tomados de la mano. La imagen parece de algún festejo en el Altiplano. Pero si uno amplía el foco descubre edificios en vez de cerros y tráfico paceño en vez de senderos. También está la policía, que marca de cerca a los artistas.

Aunque arrancó con la guitarra de palo haciendo cuecas de Nilo Soruco y Matilde Casazola, en su adolescencia Aldo se hizo punk. «La globalización llegó un poco tarde a Bolivia, que siempre ha sido un país muy arraigado. Con Internet se abre todo un mundo nuevo. Aunque tenemos el servicio más lento y caro de Latinoamérica. La escena punk crece mucho en los 2000, pero en realidad viene de los 90, con bandas como Scoria, Secuencia Progresiva y Autorev», cuenta el músico. La primera vez de Aldo arriba de un escenario fue justamente como telonero de Scoria, en un boliche de mala muerte pomposamente bautizado Inti Palace, atrás de la terminal de buses paceña. Tenía 16 años y tocó con su banda Cultura Anónima, la semilla de la que creció The Prestes.


The Prestes, ska-punk, de los más activos del under paceño
The Prestes, ska-punk, de los más activos del under paceño Crédito: Gabriel Ala Ramos/Contrainforma

Entre los músicos que les dan duro y parejo a los tambores frente a la UMSA camina Edgar Mendieta, el vocalista de los Scoria. Nacido y criado en Oruro, ciudad de los mineros modestos y el carnaval fastuoso. En los 90 se vino para La Paz. Eran los años dulces del neoliberalismo y de la cocaína. El primer mandato del agringado Gonzalo «Goni» Sánchez de Lozada. «Scoria se arma en 1992. Grabamos el primer casete que se llamó
Yo no soy ninguno de arriba. Es que somos de la clase sándwich, trabajadores, los que subsisten. Queríamos contar lo que pasaba con la relocalización forzada de los mineros, el nefasto Decreto 21.060 que venía de los 80″. El siguiente escalón fue grabar en 2000 un disco emblemático para el under:
AntiBolivia. «Tenía la primera canción en aymara, ‘Seremos millones’, que recupera la sentencia del líder indígena Túpac Katari, asesinado por los españoles en 1781».

Scoria tiene influencias del punk, el hardcore y el metal, pero a partir de ese disco exploró el sonido de los Andes. Ese sendero que se bifurca y trifurca les abrió nuevos públicos. El pico máximo de su carrera fue cerrar un festival de Derechos Humanos en la plaza San Francisco. Diez mil personas enloquecidas. Se lo recuerda como el pogo más grande de Bolivia.

Para principios del nuevo milenio estaba todo mal en el Altiplano. En el Octubre Negro de 2003 se desató la sangrienta Guerra del Gas. Corría el segundo mandato de Goni. Quiso vender gas a precio vil a Estados Unidos y México vía los puertos de Chile. «Yo trabajaba con la Asamblea Permanente de Derechos Humanos -recuerda Edgar-. Salimos con amigos a las manifestaciones. El día que renunció Goni estaba en una marcha en primera fila. Tenía los fusiles de los militares apuntándome en el pecho, codo a codo con la gente que iba a nuestros conciertos».

El siguiente disco de Scoria se tituló
Resistencia. Salió un año después del armisticio y la huida de Goni a Miami, donde sigue exiliado. Nunca respondió ante la Justicia por las decenas de muertes que dejó su gobierno. Lo sucedió su vice, Carlos Mesa, que el pasado 20 de octubre fue el mayor rival de Morales en las presidenciales anuladas.

Mendieta quiere hablar del presente. Tiene una visión muy crítica de Evo. «Hubo mucho descontento. En octubre la gente votó a Mesa porque había que tener una alternativa. Un voto castigo. No sé si era el mejor, pero era algo nuevo».

Edgar saca pecho y dice que participó en las marchas que terminaron con la renuncia y el exilio de Morales. «No hubo líderes, salió mucha juventud. Nadie nos movió. Nos gasificaron y apedrearon. Todo el mundo estaba emputado. Desde mi punto de vista no hubo un golpe de Estado.»

A unos metros de los músicos, cerca de las puertas de la UMSA, se arma una mesita para hacer ofrendas a la Pachamama. Ahí están los profesionales de la religiosidad andina. Aunque los policías no quieran, un yatiri emponchado y con sombrero empapa las maderas con alcohol puro, arroja un fósforo y enciende la fogata.

Aldo quizá desentona con su facha de rude boy, entre tanto poncho rojo. Pero a la hora de elevar plegarias a la Madre Tierra, se suma con devoción. «Ahora Áñez y el cívico ‘Facho’ Camacho representan una minoría conservadora y racista. La educación y la salud fueron los grandes fracasos de MAS. Justo los dos pilares que podían terminar con el racismo».

Una petaca de chuflay (singani combinado con Ginger Ale o Sprite) circula junto a la fogata.


Mega Fest, el Woodstock apunado con vista al Illimani
Mega Fest, el Woodstock apunado con vista al Illimani Crédito: Nicolás Recoaro

***

A Sergio Calero lo encuentro en la puerta del cine Monje Campero, sobre el Prado, la avenida que es eje del centro histórico paceño. En un café, tecito de canela y cuñapé (una especie de pan con queso cruceño) de por medio, me cuenta de su trayectoria como comunicador. Dirige la programación musical de Radio Deseo y sabe océanos sobre el rock del país sin mar.

«Nuestro rock ha sido inestable y discontinuo -abre la charla-. Pocos podían vivir del rock. Tuvimos flashes esporádicos de grupos con constancia: Wara, Octavia y el ‘Grillo’ Villegas, ex miembro de Loukass, tuvieron una carrera consolidada. Pero esta historia se trunca en varios pasajes por temas políticos y económicos. Siempre ha sido algo quijotesco».

Calero es un estudioso de la obra de los emblemáticos Wara. Prepara un libro sobre estos pioneros del rock en el Altiplano. Primeros en asumir la autoría de sus canciones y en sacar un LP,
El Inca, en el lejano 1973. «Wara hizo algo muy novedoso y con base sociopolítica. En esa época, plena dictadura de Hugo Banzer, tocar rock era suicida. Te agarraba la policía por llevar el cabello largo, te acusaban de delincuente: si algo no tenía futuro en Bolivia era el rock. Esos chicos, porque eran muy chicos, redescubrieron la música autóctona con actitud rockera».

La intención de aunar el rock y lo andino ha sido una constante en esta historia. «Cómo hacer rock con textura boliviana. Wara inicia esa búsqueda y los milicos no entienden nada. Creen que se hicieron nacionalistas. Pero en realidad Wara hablaba del Partido Comunista, el surgimiento del indianismo y los textos del indigenista Fausto Reinaga. También se acercaban al campesino, quizá algo romántico porque lo describen como una suerte de lama tibetano. Cuando van al campo, descubren la miseria del campesinado».

La genealogía rockera altiplánica nos lleva a los empobrecidos 80. «Crisis política y económica. Los años de la relocalización. Y los primeros relocalizados no son los mineros, sino los músicos. No había dónde tocar, ni plata para discos». Calero destaca que en los 90 surgen grupos que, por ventas y público, marcan un camino: Coda 3, Octavia, Loukass. «Lograron constancia, en la época dorada del rock latinoamericano, y acá llegan la Sony y la BMG, que reflejan una bonanza empresarial, pero abajo está todo mal».

Antes de la Guerra del Gas aparecen grupos como Atajo. Su disco
Personajes paceños (1998) es fundamental para entender el rock en las alturas. «Hacen música para los bolivianos y sobre todo para los paceños, si les gusta a los otros, mejor. Y está Alcoholika, metaleros industriales con una búsqueda también ligada a la cultura andina.»

La salida de Sánchez de Lozada marca el final del ciclo político dominado por las clases altas y oligárquicas. «La clase media le da el voto a Evo. Se da entonces un período de inclusión. Un cambio radical: rescate de lo nacional, lo auténtico, que había anticipado Atajo. Surgen muchas voces y se genera un tema de identidad», dice Calero y liquida el último pedacito de cuñapé sobre la mesa.

Según el estudioso, en los años del Proceso de Cambio surgieron decenas de grupos, de todos los géneros, pero ninguno trascendió.

***

Desde la Plaza Ingavi se puede ascender en minibús hasta el Bosquecillo de Pura Pura. Después de un diluvio bíblico, los fieles se dan cita en el Mega Fest. Un Woodstock apunado, con barro y todo, en un parque ecológico que mira al Illimani, el cerro siempre nevado que custodia Chuquiago Marka, nombre prehispánico de La Paz.

La entrada cuesta cinco bolivianos. Hay cuatro escenarios y patio de comidas que ofrece desde salchipapas hasta el emblemático plato paceño. No se vende alcohol, pero circula clandestino el chuflay. La Policía Boliviana recorre el predio como una banda más.

Sobre las tablas, The Prestes hacen poguear a un grupito de punks. ¿Cómo puede alguien hacer pogo a casi 4.000 metros de altura?

En un rato llega el turno de Polo Dread, exponentes del reggae fusión. Lourdes Zabala es corista y vientista de la banda. Sus influencias jamaiquinas se dejan ver en sus rastas violeta; la vertiente andina, en instrumentos como zampoñas y quenas.

Esta tarde es una jornada de encuentro después de la crisis política: «Soy medio anarquista, por eso me mantuve al margen. No voy con Evo ni con los conservadores. No soy cristiana ni indígena, pero como boliviana siento mis raíces, por eso toco el siku, que me transporta a un sentir profundo».

En el espacio electrónico una jauría de pibas y pibes baila descontrolada. Dj Quien les sacó chispas a las bandejas hace un rato. Con más de 20 años en el gremio, es un indiscutido de la electrónica paceña. Está armando un documental sobre los 25 años de la llegada del género al país. Desde la génesis en las periferias, pasando por las raves de sectores más jailones -chetos-, hasta la irrupción de los electro prestes, las fiestas celebradas en los cholets alteños, esos edificios surrealistas creados por Freddy Mamani.

Para el cultor del scratch, durante el Proceso de Cambio se difundió un falso discurso de unificación: «Somos 36 naciones, hay decenas de idiomas, y, por ejemplo, la wiphala no representa a todos los indígenas, como los del valle y la selva. Tener un discurso único en Bolivia no es posible».

Se larga la lluvia de nuevo y es mejor volver al techo del hotel. Antes de subir al colectivo veo cómo los policías cargan detenidos en una furgoneta. Pibes que no tenían el documento encima.

***

Tomando mate de coca en La Paz espero a Javier Pino, artista plástico y vocalista de Los Tuberculosos (LxTx), en un boliche de Tembladerani. Barrio popular de La Hoyada (un Bajo Flores de las alturas, famoso por acoger la cancha del Bolívar, el rival de Strongest en el clásico paceño) y variopintos mercados. También hay barcitos de mala muerte, donde solía emborracharse el cronista Víctor Hugo Viscarra, un Bukowski boliviano.

Los Tuberculosos fueron una de las bandas más influyentes del under paceño hasta su cercana separación. Trabajaban su música frenética y acelerada como un concepto, articulado con el Manifiesto Dadapank. Este panfleto libertario fue craneado por Pino: «Es apología del chojcherío, la fiesta del populacho, la cumbia chicha. Para muchos es un insulto ser chojcho. Me interesa esa veta tan menospreciada». Grabaron «Soledad», clásico de clásicos de Los Ronisch, banda vanguardista de la movida cumbiera-dark, según explica el crítico musical Javier Rodríguez en el fundamental ensayo «Kosmische Cumbia». «La canción tiene la misma onda que el
Disintegration de The Cure. No es posible que Los Ronisch se hayan copiado porque los dos discos salen en 1989, y a Bolivia tardaban dos años en llegar las novedades».

Se confiesa evista de la primera época: «Fue el único que benefició al pueblo. Hasta el final estuve apoyando. No es solo Evo, es un movimiento irreversible y tiene que seguir adelante». La charla continúa en su casa, donde me habla de la crisis de las últimas semanas, mientras convida una pipa con porro picante: «Hubo escasez, saqueos, delirio colectivo. Como un sui generis de los 80».

Dejo a Pinto y desde La Paz hasta Ciudad Satélite, unos 4.200 msnm, subo en la Línea Morada del teleférico. Me espera Boris Méndez, frontman de los Armadura.

La red de teleféricos urbanos fue uno de los últimos y más vistosos y eficaces logros de Morales. Hay diez líneas, una de cada color del arcoíris. Tiene 31 kilómetros, 36 estaciones y 1.398 cabinas. Superó sin transpirar los 200 millones de pasajeros en cinco años de silencioso trabajo. Transporte público seguro, rápido y ecológico. En cada viaje se aprecia una perfecta maqueta empinada y la intimidad de los paceños. El pasajero se convierte en un voyeur que espía desde el cielo.

Méndez me recibe en la estación Qhana Pata. En el recorrido hasta su casa se ven wiphalas colgadas en las puertas de los hogares y negocios: «Hubo paranoia por los posibles saqueos. Era una señal, como el ángel de la muerte, si no la tenías en la entrada, te podían robar». Su primo fue detenido por la policía: «Volvía a su casa en bicicleta y no tenía el carnet. Lo golpearon, lo acusaron de agitador y ahora está preso en la cárcel de San Pedro. No sabemos si va a salir.»

El heavy Méndez viene de familia de mineros relocalizados que hicieron crecer El Alto. Hace diez años, con sus compañeros juntaron pesito por pesito y construyeron un estudio. Grabaron tres discos. La presentación del último, Nuevas tierras, se suspendió por la crisis: «Hemos tenido apoyo del Estado en los años de Evo. Fuimos el primer grupo de metal que tocó en el Ministerio de Cultura y también nos invitaron a la fiesta por el lanzamiento del satélite Túpac Katari 1».

Los Armadura exploran la fusión con ritmos tradicionales. Grabaron el clásico de la banda folclórica K’alamarka inspirado en el código moral andino: Ama sua, ama llulla, ama quella (No mentir, no robar, no ser flojo, en quechua): «En 2012 fuimos a la Argentina y teníamos a dos chicas tocando los toyos. Antes de arrancar nos gritaban ‘bolitas de mierda’. Cuando terminamos vinieron todos a felicitarnos».

Al despedirnos, de nuevo en la estación del teleférico, Méndez critica a los líderes cívicos, al cruceño Camacho y al potosino Marco Pumari. La filtración de un audio en el que negocian la conformación de su binomio rumbo a las elecciones presidenciales, sobre la base de 250.000 dólares y dos oficinas de la Aduana Nacional, socavó la alianza cívica que existía entre el oriente y el occidente del país: «Estamos viendo las verdaderas intenciones por las que sacaron a Evo. Lo hacían por sus bolsillos».

«¡Senkata, con nuestros muertos no se negocia!» La frase está tatuada en una bandera negra que cuelga de un escenario en la Plaza 25 de Julio. Pasaron dos semanas desde la represión frente a la planta de Yacimientos Petrolíferos Fiscales Bolivianos (YPFB), cuando balas y gases militares abrieron paso a un convoy de cisternas con combustible para alimentar a La Paz bloqueada. Los ministros de Áñez dijeron que los bloqueadores eran terroristas. En los «enfrentamientos» denunciados por los funcionarios solo cayeron manifestantes. Ni bajas ni heridos hubo entre los uniformados.

El sol del domingo se derrumba sobre los vecinos, que apuran los últimos detalles antes de iniciar la kermés solidaria. El objetivo es juntar fondos para las familias de los masacrados y los heridos que quedaron a la deriva. El docente Luis Saucedo traza una cronología de los días que anticiparon la masacre. «No discuto la legitimidad de los que salieron a protestar después de las elecciones. Pero hubo grupos pagados para desestabilizar. Eso es un golpe».

El gobierno de Áñez denunció que los manifestantes usaron dinamita para tirar los muros de la planta y eso justificaba la represión. Hay videos que muestran que la gente volteó el muro empujando. César Antezana almuerza un ají de fideo antes de subir al escenario para leer su «poesía maricona intimista». Se presenta como poeta queer y gestor contracultural. Durante los últimos quince años comandó con un grupo de colegas el Almatroste, un Parakultural paceño. El espacio cerró por problemas de habilitación semanas antes de la crisis: «Siempre hicimos todo a pulmón, independientes, nunca recibimos financiamiento. Por eso no me da miedo decir que apoyo al MAS, porque nunca trabajé para el Evo». Las últimas semanas fueron de terror para Antezana: «Salió todo un escenario conservador reaccionario. Contra el indio, las mujeres de pollera y las maricas».

La ronda de sikuris hace mover a los vecinos. Algunos bailan agitando wiphalas. Por el escenario, es el turno del MC Mino Walaycho. Su colega rapera Nina Uma sigue atenta las rimas. La muchacha es la auténtica Miss Bolivia, referente del combativo hip-hop alteño. De Senkata era su ex pareja Abraham Bojórquez, el fallecido líder de Ukamau y Ké, pioneros del rap en El Alto: «Él me animó para que escribiera mis temas allá por 2007». Grabó dos discos atravesados por la cultura indígena y críticas feroces al patriarcado. «Se movieron todas las estructuras para acabar con Evo y con lo que simboliza para los pueblos originarios y los sectores de abajo. Para este gobierno, si no estás de acuerdo te matan, te eliminan. Como en Senkata», dispara Nina.

Me voy de Senkata en minibús. Un pasajero me cuenta que después de la masacre los policías dejaron el barrio. Solo quedan militares. En la puerta de la planta de hidrocarburos hay soldados ataviados de camuflaje verde, con armas largas. A unas cuadras, en una pared escribieron el grito de la Guerra del Gas: «Fusil, metralla, el pueblo no se calla». Estribillo de rock pesado.

Por Nicolás G. Recoaro

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