Economía

Las pulperías fueron epicentro de conspiraciones y delaciones



Las últimas pulperías en la provincia de Buenos Aires, aquí, en Coronel Vidal Crédito: Mauro V. Rizzi

La pulpería, centro de reunión en la campaña, también lo era en la ciudad. Allí, como en los pocos cafés del centro, además de espacio de sociabilidad eran la sede de clubes políticos o centro de conspiraciones como el de los Catalanes o el de Marcó, o la fonda de Los Tres Reyes.

En los estudios sobre población que dirigió César García Belsunce registró nada menos que 457 pulperos en la contribución del año 1813, o sea que existían el año anterior y debían abonar el impuesto por su actividad. En 1812 justamente un grupo de españoles dirigidos por Martín de Álzaga organizó una conspiración contra el Triunvirato, descubierta a fines de junio por la delación de un hombre de color «el negro Ventura». Con mano de hierro el gobierno llevó al cadalso a su jefe, a su yerno, don Matías de la Cámara, al opulento comerciante Francisco de Tellechea y sin temblarle la mano, también a un religioso, el fray José de las Ánimas de la Orden Betlemita.

No faltaron en el complot algunos pulperos, justamente el fraile el 11 de julio en su declaración recuerda entre los complotados a «Felipe Conde y Felipe Castellanos y a su primo Antonio Castellanos, a don Manuel, el yerno de Canoso, llamado don José, al rubio Carlos del Monte Castro, y éstos quedaron de citar a otros que no fuesen borrachos»; por lo que se aprecia se cuidaban los organizadores que el alcohol no les soltara la lengua, a pesar de frecuentar las pulperías. Recordaba fray José a otro «un Domingo que vive en la pulpería, dos o tres cuadras para el Retiro de la panadería de Sebastián López», como se ve igual que hoy en los pueblos de campo se indica cualquier lugar fijando sitios bien conocidos por todos.

Carlos Doval, alias «el rubio de Monte Castro», en su declaración del 18 de julio dice ser «uno de los tertuliantes del pulpero Juan, que en orden a los planes que tuviesen hechos, sólo oyó decir que debían avanzarse las pólvoras y pasar a cuchillo al europeo que no tomase las armas, que por lo que ha visto en las tertulias de los pulperos europeos pocos o ninguno habría que no estuviesen metidos, que de los principales conoce al pulpero Manuel Rodríguez, que vive una cuadra más acá del pulpero Juan, en cuya pulpería también eran las juntas y lo vio el declarante una ocasión y al pulpero de la misma esquina de la casa de Joaquín Nogeyra».

Además Juan le había confesado a Doval que pensaban tomar prisionero al señor de Chiclana, don Feliciano Antonio, uno de los miembros del Triunvirato. El rubio de Monte Castro fue ejecutado en la horca el 23 de julio de 1812, a las once de la mañana.

Poco más de sesenta años después de estos episodios, en octubre de 1874, don Santos Fortunato Ballester escribió una crónica de sus recuerdos de la conspiración de Álzaga al historiador don Ángel Justiniano Carranza, en la que recuerda que el 10 de julio fue condenado a la horca «el septuagenario Miguel Marcó, gallego pulpero, como ocultador de armas» y el 16 sufrieron la misma pena Luis Porrúa, «gallego pulpero volante», y Domingo Ebro, alias «El Largo». Miguel Marcó tenía su comercio de pulpería en una de las esquinas de su quinta de la Recoleta, comprendida por las manzanas de las actuales calles Quintana, Callao, Ayacucho y Guido. Era gallego, estaba radicado en Buenos Aires desde antes de 1778, ya que en el censo de ese año se lo encuentra entre los habitantes de la ciudad, donde había formado familia.

Poco más de una tercera parte de los acusados de participar en la conspiración eran pulperos o mozos de esos establecimientos; y seguro aportaron mucha gente, ya que era el lugar ideal de reclutamiento de voluntades y también para pasar información sin sospecha alguna por parte del gobierno. Del mismo modo, no faltaron ataques a algunos pulperos, como a Domingo Ebro, a quien le gritaron «andá hijo de p? que te ahorquen a ti también», o que saquearan la de Antonio Gómez, condenado a la pena mayor. Estos sujetos siguieron a Martín de Álzaga, ya que la mayoría eran españoles y lo consideraban el héroe de la Defensa de la ciudad en 1807.

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