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Fútbol y carnaval en Brasil: de Garrincha y Pelé, pasando por Romario y Marta, el vínculo con las célebres scolas



El carnaval brasileño y el fútbol están vinculados por siempre Crédito: @Domenechs

La anécdota, avalada por los protagonistas, suele ser contada cada vez que se habla de las maniobras que hacen los cracks brasileños que juegan en Europa para estar en su Carnaval.

Según el relato,
Romario, jugador de Barcelona en los ’90, le pide a Johan Cruyff que por favor lo deje viajar a Río. «Okey, pero tenés que hacer dos goles en el primer tiempo», le exige el DT holandés. Romario hace los goles. Y Cruyff, obligado a cumplir con su palabra, lo saca antes para que llegue a tiempo al aeropuerto. Es una historia bonita. Pero jamás sucedió. El Romario de hoy es Neymar. El crack del PSG tiene asistencia casi perfecta en el Carnaval de Río, el más grande del mundo. Por eso, este domingo, en plena fiesta carioca, hasta sorprendió verlo jugar en Francia. Fue expulsado en el descuento. «Lo combinó con el árbitro -ironizó alguien en las redes- para escaparse los dos juntos al Carnaval».

El viejo «fútbol-arte» de Brasil tenía «belleza y seducción carnavalizante». Un mundo donde «los dioses existen y hablan con los hombres». La frase del antropólogo brasileño Roberto DaMatta figura en el libro «Fútbol-Arte», en un capítulo que comienza con Chico Buarque diciendo que «no hay pecado debajo del Ecuador». Mucho menos hay «pecado» en el Carnaval. Cuerpos que no paran de bailar en fiesta popular de cierto descontrol. «Los de abajo» autorizados a burlarse de «los de arriba». Escuelas de samba, a veces única luz en las favelas, que hoy disfrazan de payaso al presidente
Jair Bolsonaro. Se ríen de su ministra de Educación que pide niños vestidos de azul y niñas de rosa. De su ministro de Economía enojado porque las empleadas domésticas viajaban a Disney. Y vemos a un Jesús de la favela, negro, de sangre indígena y cuerpo de mujer, que enfrenta a los «profetas de la intolerancia».


La futbolista brasileña Marta Vieira da Silva saluda desde lo alto de una carroza de la escuela de samba Inocentes de Belford Roxo en el desfile anual de Carnaval en el Sambódromo de Río de Janeiro, Brasil, 22 de febrero de 2020.
La futbolista brasileña Marta Vieira da Silva saluda desde lo alto de una carroza de la escuela de samba Inocentes de Belford Roxo en el desfile anual de Carnaval en el Sambódromo de Río de Janeiro, Brasil, 22 de febrero de 2020. Fuente: Reuters – Crédito: Ricardo Moraes

El Carnaval de Río creció en 1932 cuando Mario Filho, acaso el periodista deportivo más mítico de Brasil (el Maracaná lleva su nombre) compensó la ausencia del fútbol organizando los desfiles a través de su periódico, Mundo Sportivo. Un concurso inédito para consagrar a un ganador. Con Primera A y Primera B. Ascensos y descensos. Autor de un libro fundamental sobre la importancia del jugador negro en Brasil, Filho, hombre culto y relacionado, eliminó del fútbol el lenguaje británico más elitista y aprendió otro más popular en los bares de los hinchas. Su importancia, aunque con alguna exageración, fue contada por uno de sus 13 hermanos, el dramaturgo Nelson Rodrigues: «Los periodistas deportivos hoy tenemos auto, frecuentamos la noche, vamos con la frente alta y nuestros pronósticos tienen la inmodestia de ser la última palabra. Pero antes de Mario Filho todo era prehistoria. Recuerdo a mi compañero en el diario, personaje de miseria dostoievskiana que cuando sonreía mostraba una antología de infecciones dentales».

Brasil comenzó a ganar Mundiales. Se fortaleció la fiesta de fútbol y carnaval. «Es malabarismo, agilidad, equilibrio, movimiento», dice Beto Xavier en su libro «Fútbol en el país de la música». También es arte, picardía y negritud. Lamartine Babo componiendo sambas e himnos de clubes. Torcidas Organizadas convertidas en Escolas do Samba. «Mané Garrincha, Mané Garrincha/ Hasta hoy mi pecho se expande/ Mané que brilló allá en Suecia/ Mané que nació en Pau Grande». Garrincha, ya alcohólico y sin dinero, fue invitado a desfilar en 1980 para recibir afecto popular. Pero acababa de salir de una de las tantas internaciones. Recibía medicación. Permaneció 16 horas sentado, esperando que saliera la escola de Mangueira. Su equilibrio era inestable. Lo sentaron vestido de futbolista al frente de la carroza. La ovación inicial se convirtió en estupor. Mané, «Alegría del Pueblo», era un zombi. «Mi Dios», dijo Pelé, que le gritó inútilmente desde un palco. La cantante Elza Soares, que fue su pareja, corrió para sacarlo de la humillación. Le apuntaron con un arma en el pecho. El desfile duró hora y media. «Los noventa minutos minutos más largos en la vida de Garrincha», escribió Ruy Castro en su libro «Estrella solitaria».

También
Pelé desfiló en 2003. O Rei y Rey Momo. Desfilaron numerosos cracks. Y asistieron miles más. La prensa publicó en estos días la autorización de Vanderley Luxemburgo, DT de Palmeiras, para que sus jugadores tuvieran unos días libres y pudieran divertirse con el Carnaval, «una fiesta arraigada en nuestra cultura», justificó el técnico. El sábado, en Río, la escola de Belford Roxo dedicó su desfile a Marta, seis veces elegida mejor futbolista del mundo, máxima goleadora en Copas Mundiales (masculinas y femeninas) y que tras la caída en octavos de final del último Mundial de Francia, al que fue sin siquiera patrocinador en sus botines, pidió a las jugadoras futuras que se esfuercen, que aprendan «a llorar primero para sonreír después». De niña, en su pueblo natal de Dois Riachos, Marta ganaba dinero cargando en un carro las compras de los clientes. El sábado era ella la homenajeada sobre una carroza, junto con su madre, novia y amigos. Y 8000 pelotas en la carroza siguiente. Listas para ser regaladas luego a los niños más necesitados del lugar

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