Argentina

El estilo extremo de Milton Martínez, el argentino elegido como el mejor skater del mundo


Milton Martínez, fan de Horcas y Pappo, es hijo de un pionero del skate argentino Crédito: Gaston Francisco / Red Bull Content Pool

Los Ángeles, 2016. Son las 6:45 a.m. y el skater marplatense Milton Martínez, 25 años, está parado con su tabla arriba de un lavadero de autos sobre Sunset Boulevard, en Hollywood. El techo se eleva dos metros por encima de una pared de otros cuatro metros de altura y drástica pendiente. Milton, que acaba de bajarse de un avión y aún está medio dormido, se dispone a intentar lo que Mark Gonzales, uno de los skaters más legendarios de la historia, probó un par de décadas atrás antes de terminar con la cara estrellada contra el pavimento después de una noche de copas.

El horario no es casual sino el único viable. La idea es evitar el tránsito de la avenida hacia donde Milton sin duda saldrá eyectado después de patinar casi de cara al suelo por el muro del lavadero. El fotógrafo de Thrasher Magazine, la «Biblia del skate», está listo. Sabe que, si todo sale bien, la imagen será tapa. Milton se desliza por el techo, llega a la cornisa y se lanza de ollie hacia la pared-rampa.

En una décima de segundo, el chico de Mar del Plata está tirado en la vereda californiana con su pie izquierdo apuntando en sentido antinatural. «¡Me quebré!», grita en inglés. Tobillo dislocado y fractura de peroné. La ambulancia viene en camino. Lo esperan el quirófano y una larga rehabilitación.

Smoookes es el apodo de Milton en Estados Unidos. Grito de guerra, hashtag personal y una de las primeras palabras que aprendió en inglés. La adoptó durante un tour a bordo de una van llena de skaters fumancheros, que cuando necesitaban que alguien armara un porro gritaban «Smoookes!». Milton echa humo cuando anda, especialmente cuando baja por calles empinadas a toda velocidad. Su fortaleza está justamente en uno de los aspectos más peligrosos del skate, lo que refleja cierta estirpe temeraria. «A veces me tiro de lugares y la gente dice: ‘A este no le importa nada, se quiere suicidar’. La verdad es que no me quiero suicidar, estoy intentando no matarme».

Mientras el skate se prepara para debutar, pulcro y radiante, en los Juegos Olímpicos de Tokio 2020, hay skaters como Milton que lo prefieren sucio y desprolijo, alejado de los cánones y reglas del deporte. Una división que podría definirse como bling-bling versus metal corrosivo.

«Milton nació para estar en la tapa de Thrasher», dice Fernando Páez Montero, director de la revista argentina especializada en skate Buenos Muchachos. Milton y sus hermanos menores, Ezequiel y Manu, se criaron en Mar del Plata. Su papá, Pablo «Tatú» Martínez, fue uno de los primeros skaters de esa ciudad y del país. Tuvo durante años, delante de la casa de sus padres, una tienda de skate, donde Milton y sus hermanos llegaron incluso a dormir más de una vez. La madre de Milton también tiene un skateshop abierto hasta estos días en MDQ.

Walas Cidade, cantante de Massacre y skater pionero, le dedica a su amigo Tatú un capítulo en el libro Skate Punk: un lunático sobre ruedas. Allí lo describe como «uno de los Z-Boys de Argentina», en referencia a la mítica pandilla que tomó por asalto el skate californiano a mediados de los 70, invadiendo piletas vacías para dar nacimiento al estilo conocido como «vertical» y revolucionar de manera radical la imagen inocente que hasta entonces mostraba el skateboarding.

«Los primeros viajes o tours de skaters argentinos fueron a Brasil en 1985, y los integrábamos, entre otros, Tatú Martínez y yo -recuerda Walas-. Íbamos a ciudades en las que había pistas de skate porque en Argentina aún no teníamos ninguna. Viajábamos a San Pablo, Río de Janeiro y nos vinculábamos con el ambiente skater de allá. Y en 1985 coincidimos con el primer festival Rock in Río. Vimos a B-52, Nina Hagen, las Go-Go’s, Talking Heads, AC/DC, Iron Maiden, Ozzy Osbourne, Queen…».

Mar del Plata, 1998. El pequeño Milton, de 7 años, aguarda su turno para largarse en el poolcito de Alem, «spot» fundacional, una vieja pileta de natación en el jardín de una casa, tomada y reinterpretada por skaters. A su alrededor se encuentran original gangsters del skateboarding nacional como el Mosca Bejanele, Sebastián Salamaño y el Negro Santiago. Milton se lanza, atacando con ganas la difícil curva del bowl. Todos lo festejan. Vislumbran la máquina imparable en la que pronto se convertirá. «Los amigos de mi viejo fueron los que empezaron con el skate: Rolf, el Papa, Mariano González, Gianni De Gennaro. Las conexiones que se dieron a través de mi viejo y el skate me dieron una familia gigante. Mi vida siempre fue skate, siempre», recuerda Milton.

Empezó a viajar siendo apenas un nene. Su papá lo llevaba a Buenos Aires cuando visitaba amigos skaters y participaba en competencias. A los 14, se largó solo y a los 16 cruzó el charco a Barcelona, conoció Estados Unidos y desde entonces ya no paró. Ha patinado en Jordania, Dubai y Marruecos. Las grandes ciudades son su hábitat natural, pero llegó a andar incluso a bordo de un crucero por el Mediterráneo. «Fue el viaje más loco. Parábamos en diferentes puertos y patinábamos todo el día. Turquía, Grecia, Rumania. ¡Volvíamos a embarcar y seguíamos andando en la cubierta!»

Miami, 2008. Hace tres meses que Milton está en la Florida. Llegó para participar del Tampa Pro, la competencia más tradicional de Estados Unidos, y se quedó en Miami bajo la tutela de Danny Fuenzalida, gloria del skate chileno, que vive ahí y es diez años mayor que él. El departamento está en una zona densa de la ciudad y, después de un par de incidentes preocupantes, Milton no quiere saber más nada. Ese día, Fuenzalida le anuncia que parte hacia Japón por un mes, acompañado por un fotógrafo. Milton no lo piensa dos veces y le pregunta si puede sumarse. Inmediatamente compra un pasaje. «Fue una experiencia zarpada. Lo único que queríamos era conseguir faso y andar en skate, tomándonos el subte, perdiéndonos, yendo de una punta a la otra. Los filmadores y el fotógrafo se iban a la casa y nos quedábamos hasta las 5 a.m. recorriendo la ciudad, que estaba vacía y tenía unos pisos increíbles. Fue uno de los mejores viajes porque progresé y entré más en el mundo del skate callejero. Danny era uno de esos pibes a los que siempre miraba en los videos del skateshop de mi viejo. Y flasheaba. Me conoció cuando vino a la Argentina y cayó justamente al negocio de Mar del Plata. Y, después, en Estados Unidos, se hizo cargo de mi, me pasaba a buscar, me trató como a un hijo, prácticamente».

A los 21 años, Milton ya era una figura destacada en su ambiente dentro de Sudamérica. Entonces, sin saber inglés, sin un plan concreto, decidió dejar atrás esa posición de privilegio y probar suerte en la Meca del skateboarding, California, donde solo un argentino, Diego Bucchieri, había llegado a profesional. Milton estaba entonces en pareja con la skater pro brasileña Eliana Sosco, con quien acababa de tener una beba, Isabelle. Ambas se quedaron en Brasil.

La comunidad de Oceanside, California, donde actualmente reside, es tranquila. Allí comparte casa con el manager de Creature, la marca de tablas que lo sponsorea. Isabelle ya tiene siete años y ahora vive con su mamá en California. Una de las últimas publicidades de Milton, para las ruedas OJ, lo muestra con Isabelle, ella al mando de un scooter y él a bordo de su tabla, agarrado del paragolpes. «Cuando estábamos haciendo la foto, Isa me pregunta: ‘¿Pero qué cara tengo que poner? ¿Cara de velocidad?’. Y yo le digo: ‘Me tenés que llevar como siempre en la motito y yo me agarro'». Se los ve felices, disfrutando. «Hago lo mejor que puedo como padre y como skater. Son dos cosas diferentes. A veces me estoy tirando y digo: ‘Dale, no te vas a quebrar hoy, mañana tenés que buscar a Isabelle por el colegio, no seas boludo. Y capaz que al otro día voy hecho mierda, pero voy. Cuando estoy con Isa, soy su papá, no Smoookes».

Los sponsors son clave en la vida de un pro. De su patrocinio depende que el skater pueda vivir de lo que le gusta. Algunos patinadores de elite son auspiciados por bebidas energizantes, empresas de tecnología, snacks o grandes tiendas, logos resistidos por un núcleo de skaters «hardcore», que solo aceptan acuerdos comerciales con marcas específicas de la actividad. Milton supo correr para Red Bull durante casi una década. Fue a lomo del toro rojo que se lanzó a competir en el circuito mundial. En una de esas fechas, en Roma, conoció a la madre de su hija. La marca afrontó los gastos de la cirujía y la compleja rehabilitación después de la lesión en aquel lavadero de autos.

Los sponsors más esperados por cualquier skater son, en orden importancia: marca de tabla, calzado, accesorios (trucks, rulemanes, lija, protecciones) e indumentaria. El de zapatillas es difícil de conseguir y suele ser el que más dinero aporta, en cifras que van desde cero (mercadería) a contratos millonarios, como el del skater mejor pago del mundo, el norteamericano Nyjah Huston (solo por premios en X Games y Street League acumula unos 3,5 millones de dólares).

En la última década, los dos gigantes deportivos del planeta, Nike y Adidas, volcaron muchos recursos en el skateboarding, abriendo divisiones corporativas enfocadas exclusivamente en el tema. Comenzaron a reclutar deportistas, formar equipos, organizar tours globales, producir videos y diseñar signature shoes para sus corredores más populares. Una de las razones de tamaña inversión es que las zapatillas de skate suelen ser muy vendidas entre no skaters, por confort, durabilidad y diseño. La «onda» skater claramente penetró en el mundo de la moda: es común ver desfiles donde lxs modelxs aparecen con tablas bajo el brazo, exhibiendo diseños y accesorios propios del palo. En la publicidad, la imagen del skate puede aparecer asociada a bancos, autos, tecnología, gaseosas. La combinacion de rebeldía y look parece ser irresistible para agencias y creativos.

«Ando en skate y me manejo con marcas hace mucho tiempo. No me creo en una película de Hollywood ni nada por el estilo», dice Milton, que lleva puestas unas Chuck Taylor, el modelo clásico de Converse. Al volverse empresas unipersonales, muchos colegas de elite manejan su agenda y contratos a través de representantes. No es el caso de Milton, al que, si se le escribe un WhatsApp, puede contestar al toque o. nunca, como cualquier persona. «No me siento una estrella, ni del skate ni de nada. Es simplemente lo que hago. Amo andar». Quienes lo conocen, destacan que atrás de este muchacho tranquilo, bajito, de ojos grandes y tatuado, hay transparencia y dedicación. «Milton es una bestia, un orgullo nacional, nuestro embajador. Es skate puro, la humildad, la alegría, la diversión. A Milton no le importa un huevo. Mamó el skate verdadero, de todas las generaciones, la nuestra y las que vinieron después», cuenta un emocionado Mariano González, otro pionero de las rampas y calles argentinas. Él diseñó el arte para el primer modelo de ruedas pro de Milton, que muestra la costa estival de Mar del Plata, con lobo marino incluido.


Radicado en Los Ángeles, Milton Martínez vive el sueño del skater pro sin perder la humildad
Radicado en Los Ángeles, Milton Martínez vive el sueño del skater pro sin perder la humildad Crédito: Kevin Enis

Hijo urbano del surf, el skate data de principios de los 50, cuando aparecieron las primeras tablas ensambladas de manera casera y con ruedas de metal. Fue en la soleada California que el skate evolucionó hasta llegar a convertirse en una actividad que practican 13 millones de personas alrededor del planeta y un negocio que genera cinco mil millones de dólares anuales. Su nuevo estatus olímpico es una realidad que algunos miran de reojo: «Va a haber niños entrenándose desde los siete años para entrar en las Olimpiadas, una locura. No comparto. No son los ideales en los que creo que se basa el skate. Igual no lo bardeo, cada uno puede hacer lo que quiera», señala Milton, que a pesar de tener un modelo propio de tabla ilustrado con el mapa de Argentina, seguramente no representará a su país en la ceremonia inaugural de los Juegos.

El debate sobre si el skate es un deporte o un arte es tan viejo como el skate mismo. Un deporte cumple con ciertos requisitos: hay reglas, uniformes, sistema de puntuación, doping; mientras que una expresión artística tiene como rasgo central la libertad con la que se ejecuta. En la última década, el skate comenzó a percibirse como un deporte más, particularmente dentro del circuto de competencias profesionales en las que Milton ha participado con regularidad y buenos resultados, como el podio en street de los X Games de Shanghái 2011. Pero en las últimas temporadas empezó a enfocarse más en producir sus propios videos, un aspecto del skate que se popularizó desde el advenimiento del VHS, explotó con la llegada del DVD y se viralizó exponencialmente con las redes sociales. «Eso es lo bueno del skate, la libertad; hay muchas formas de hacerlo, cada uno lo disfruta a su manera», justifica.

Street League es la liga de skate que más dinero reparte en premios a nivel global. El ganador de la fecha principal se lleva 200.000 dólares, suma que suele disputarse entre los mismos nombres, los mismos «skaters campeonateros», desde que se lanzó en 2010: Nyjah Huston, Yuto Horigome, Shane O’Neill y Paul Rodríguez (quienes, curiosamente, corren para la misma marca de calzado que sponsorea el evento. Son muchachos atléticos y disciplinados, que ejecutan su rutina sin errores, atacando obstáculos con destreza espartana, pulida, robótica. Cualquier parecido con otras disciplinas olímpicas no es pura coincidencia. Justamente, el modelo de competencia y puntuación en los Juegos será igual al de la Street League, que es también un evento clasificatorio oficial para Tokio 2020. Dado su nivel y performance en otro campeonato de alto nivel -el Tampa Pro-, Milton ha sido invitado a la liga como wild card. «Me acuerdo que estaba en un tour de skate en Detroit y tocaba Slayer, pero me tenía que ir al Street League en Londres. En ese momento me daban una buena guita solo por asistir. Pero dije ‘¡ya fue! ¡Me quedo acá a ver Slayer y a la mierda todo!’. La verdad que fue la mejor decisión porque el show estuvo increíble».

a relación entre skate y música es pura armonía. De hecho uno de los trucos más conocidos se llama rock & roll. Hay una tabla de Milton cuya gráfica es una reversión del arte de tapa del disco Volumen 2, de Pappo’s Blues. «Pappo siempre me encantó. Tener a un artista como él en la tabla es tremendo», dice Milton, cuyo gusto musical es más bien pesado y veloz, como la Harley de 1200cc que por estos días suele montar por las autopistas angelinas. En uno de sus videos de skate suena Horcas y el himno del metal nacional: «Destrucción», de V8.

«A Milton lo conocimos porque pidió permiso para usar una canción nuestra, ‘En la jaula’, en un video -relata Walter Meza, cantante de Horcas-. Se contactó conmigo, pero yo no lo conocía porque no sé mucho de ese palo. Después me empecé a informar y me di cuenta que es un campeón, un grosso. Tenemos amigos en común, como el Mono de Kapanga y Walas de Massacre, que me decían: ‘¿Cómo que no sabés quién es?’. Lucas, nuestro guitarrista, que hacía skate cuando era chico, quedó flasheado con la posibilidad. Después tuvimos la suerte de viajar a Estados Unidos y él vino a un show nuestro. Creo que es el único argentino que vive del skate allá, en California. Me pone contento porque es un pibe con una generosidad y humildad poco comunes. Muy orgulloso de que haya usado nuestra música y se sienta identificado con nuestras canciones para practicar su arte».

Mientras enciende otro faso, Milton habla sobre unos de los tatuajes más grandes en su brazo: la imagen de Jimi Hendrix prendiendo fuego su guitarra: «No sabía tanto de Hendrix, pero empecé a escucharlo y, típico de pibito, al toque me lo tatué. Me ceba para andar en skate. Una vez estábamos andando en una escuela, en una ciudad norteamericana que no recuerdo, y alguien me contó que ahí había estudiado Hendrix. Entonces me filmé una prueba con la que quedé re contento porque nadie la había hecho antes. Siempre digo: ‘Sí, me hice una prueba en la escuela de Hendrix'».

El último video de Milton se titula ¡Demolición! y arranca a fondo con el tema homónimo de la banda proto punk peruana Los Saicos, de los años sesenta. Cuenta con apariciones de su hermano Ezequiel y de su papá, Tatú, haciendo un «backside boneless», típica prueba vieja escuela, en otra de las tablas de Milton, cuyo diseño se inspira en una postal retro de Mar del Plata. «Eze es el skater más técnico de la familia, por el tipo de pruebas que hace. El Manu anda con todo, se revolea, pero también tiene pruebas de tecnicismo. Es bastante tranquilo, es peluquero. El más dagger es mi viejo», dice Milton en referencia a la crew de skaters vándalos The Daggers, que aparece en la conocida película Thrashin’, de 1986. «Y yo… ¡Yo soy un desastre!».

San Francisco es una ciudad de pendientes pronunciadas, donde tiene su sede Thrasher Magazine, autoridad máxima e indiscutida del skate. Fundada en 1981 por el inmigrante argentino Fausto Vitello, la revista creció hasta convertirse en parte de un imperio que incluye algunas de las marcas más conocidas de la industria. «Thrasher es la única empresa del mundo que puede hacer el pastel, comérselo y, a la vez, venderlo», afirma Steve Berra, conocido skater, hoy CEO de Berrics, uno de los portales de skate más visitados. «Thrasher es uno de los principales pilares de la industria a nivel mundial ­-dice Milton-. Pero esta es una era que se acaba. No será de un día para otro, pero hay cosas que cambian: marketing, forma de venta. Ahora el skate es olímpico.»


En diciembre pasado, de visita en el bowl de la escuelita de skate del Barrio 31, en Retiro
En diciembre pasado, de visita en el bowl de la escuelita de skate del Barrio 31, en Retiro Crédito: @allancarvalho

Milton les debe mucho a dos figuras centrales de Thrasher, que lo llevaron a recorrer spots y lo ayudaron a conseguir sponsors de peso: Preston Maigetter, histórico cameraman, y Jake Phelps, editor de la revista, leyenda eterna y encarnación del espíritu Skate or Die. Ambos fallecieron recientemente; el primero en un accidente de auto, a los 45 años, y Phelps, se dice, tocando la guitarra en su casa, a los 56. «Es el fin de una era y yo creo que Thrasher está cambiando un poquito también porque es un negocio, al fin y al cabo. Sin embargo, creo que los dueños saben que ellos son Thrasher gracias a Phelps y Preston. Esos eran los verdaderos Thrasher».

Así como la revista France Football elige todos los años al ganador del Balón de Oro, Thrasher elige al Skater of the Year (SOTY), máximo galardón al que puede aspirar un skater. De los 30 SOTY de la historia (el primero fue Tony Hawk. en 1990), hasta la fecha, 25 son estadounidenses, tres son latinoamericanos y dos son europeos. Es evidente qué país domina la escena y cuánto más difícil es el camino para deportistas de otras nacionalidades.

Mar del Plata, 2016. Liderada por Jake Phelps, una de las crews más pesadas del mundo del skate desembarca en la perla de la costa atlántica decidida a romper todo. El local Milton Martínez oficia de anfitrión y guía, conduciéndolos a chequear los spots más exigentes de su ciudad natal. Llegan a la costanera, donde hay una monumental escalera doble en dos tramos de diez y nueve escalones separados por un descanso. Milton se para en la punta superior y lo evalúa. Phelps se acerca y le indica «one try», levantando el dedo índice. Milton toma carrera y se dirige hacia el abismo determinado a volar. Es su única opción. Pica el ollie y se eleva. Flota durante lo que parece una eternidad y aterriza haciendo temblar el piso. Todos gritan de emoción. Una botella cae desde lo alto y se estrella en el punto donde Milton acaba de hacer contacto con el cemento.

«En los tours te levantabas con los gritos de Phelps a las cinco de la mañana, gritando el nombre de algún lugar para probar. A veces me levantaba a las 8 y Phelps ya estaba volviendo de andar. El chabón siempre estaba en esa: puro amor al skate, puro amor a la vagancia de viajar por todos lados. Tenía una imagen dura, pero era muy bueno; hablaba con todos los nenes, aunque a muchos adultos los mandaba a la mierda. Un maestro al que le gustaba compartir lo que sabía. Y era una biblioteca del skate. La pérdida de Phelps fue jodida».

Nueva Orleáns, 2017. El equipo de Creature Skateboards llega a la ciudad donde nació el jazz, una de las paradas del tour. Allí se dirigen a Humidity Skateshop, donde Milton aprovecha para visitar el baño porque no se siente del todo bien. Al salir se sorprende con una pared cubierta de tablas negras y verdes, los colores tradicionales de la marca. La mitad de las tablas dicen Martínez. Las otras tienen el dibujo de un Charles Chaplin calavérico, igual al que Milton tiene tatuado en el antebrazo.

El skater marplatense recuerda con un cariño especial sentarse con su abuelo Pepe a mirar películas de Chaplin. Con Pepe aprendió a manejar, fue a pescar, miraba partidos de fútbol en la estación de servicio cercana a su casa. Salvo el skate, juntos disfrutaban de casi todo.

«Ese día había dos tablas. Primero vi la que decía Martínez y pensé ‘¡terrible!’. Pero cuando noté la de Chaplin, eso me la dio en el corazón. Tiene más sentido que una palabra, un apellido, un nombre. Se trata de las cosas que viví. ¡Ya está! Ahora ni quiero usar una tabla con mi nombre. La de Pappo lo tiene, pero se lo borré con aerosol».

Costa Mesa, California, 2019. Mientras el público presente en los HeadQuarters de Volcom se acomoda para el estreno mundial de ¡Demolición!, el último y épico video de Milton Martínez, el protagonista aprovecha las luces bajas para escabullirse y salir al estacionamiento. Una vez afuera, camina hasta encontrar un rincón y prenderse un porro tranquilo, lejos del ruido, los halagos, la ansiedad, todas esas cosas que lo incomodan un poco. En la sala, un skatepark transformado en cine, está la crema de la crema de esta industria sobre ruedas, que disfruta del catering y del Weed Garden, un cómodo espacio que dispensa cannabis gratis.

Milton pasa el rato solo, en silencio, meditando. Unos diez minutos después escucha una explosion de gritos y aplausos a la distancia. El motivo es la útima escena del video, que lo muestra a él de regreso al lavadero de autos en Hollywood tres años después de aquella lesión. Sube al mismo techo y hace lo impensado: en lugar de repetir la prueba imposible, la complica aún más agregando un flip todavía menos probable. La tabla gira en el aire sobre su eje antes de ser pisada nuevamente por su tripulante, que aterriza sobre la pared casi vertical y es instantáneamente catapultado como un rayo hacia Sunset Boulevard y la gloria eterna. La imagen es tapa de Thrasher.


Milton Martínez en la epopeya del lavadero que terminó en la tapa de la revista Trasher, que lo nombró el Skater of the Year 2019
Milton Martínez en la epopeya del lavadero que terminó en la tapa de la revista Trasher, que lo nombró el Skater of the Year 2019

«Es tan heroico lo que hace en esa tapa que no hizo falta agregarle texto: sin palabras», explica Walas, de Massacre. «Yo empecé la campaña Milton Skater of The Year desde el escenario, con Massacre. ¿Por qué? Porque se lo merece, obviamente. No solo está en la tapa de Thrasher, sino en la contratapa, en todas las propagandas, no solo de marcas que lo patrocinan, sino de cualquier cosa. La entrevista de ese número tiene veinte páginas. Y la escena que muestra la tapa tiene mil bemoles. Él ya lo había intentado y se había hecho pelota la gamba. Ese video lo vi una sola vez y no lo quise poner nunca más. No solo volvió sino que lo hizo con más dificultad, metiendo un flip en el medio. Milton encarna el espíritu del skate & destroy, de ir a las chapas. Me emociona».

«Nunca olvidaré cuando, hace unos diez años, lo ví a Milton andar en una rampa montada por su papá, Tatú, en Playa Grande -recuerda Flavio Cianciarulo, de los Fabulosos Cadillacs y otro veterano de las tablas-. Un espectáculo que superaba todo límite. Hace poco estuve en Huntington Beach, California, con motivo del Mundial de Surf Junior, donde corría mi hija Cocó. Pasamos por un skateshop donde vendían camiseta que decía Revista Thrasher, en castellano, con los colores de la bandera argentina. Eso lo logró Milton.»

«Conozco a Tatu Martinez, su padre, una eminencia. Lo veía andar con otras glorias del skate de los 80. Milton iba con él para todos lados y hoy representa una de las cosas mas lindas del deporte», aporta Nekro. Facu Soto, de Guasones, coincide: «Milton Martínez es el mejor, un kamikaze, el puto amo».

Milton, cuando bajaste la prueba que terminó siendo tapa de Thrasher, ¿sentiste alivio o euforia?

Alivio porque no me había quebrado la pata otra vez y porque podía volver manejando a casa.

Pero cuando te estás por tirar, ¿pensás o no?

No, no pensás mucho. Te mandás. Los tiros que pensé, no la bajé. En el tiro que no pensé y dije ‘¡tirate arriba, la concha de tu madre!’ y nada más, con la mente en negro y confiado en hacer el flip que hice toda la vida… ahí, sí.

Históricamente era Jake Phelps, editor de Thrasher, quien elegía el SOTY. El criterio fue siempre el mismo: qué skater representa mejor el skate & destroy, lema de la revista. Con la muerte de Phelps, es un misterio cómo se desarrolla el proceso de elección, pero definitivamente se nombra a alguien que el editor hubiera aprobado.

«Creo que lo de SOTY es, en este momento, impredecible. Tampoco es algo en lo que esté pensando -reconoce Milton-. Digo, es sólo un nombre, ¿entendés? Yo estoy andando en skate todo el tiempo y voy a seguir andando todo lo que pueda. Eso es el skate para mí, haber podido sobrevivir este año, a los downhill, a todo. Después, quién se lleva el SOTY, no lo sé. Obviamente, es un premio impagable, pero, bueno, al que le toque seguramente se lo merecerá. Tampoco es algo que vaya a cambiar la vida de nadie.»

A los pocos días de esta entrevista, Milton Martínez es proclamado oficialmente Skater del Año 2019, el reconocimiento más destacado en el mundo del skate.

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